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La crítica histórica de los evangelios

 

Reimarus, Strauss, Renan y Bauer

 

Gilles Bourquin

 

 

15 noviembre 2012

Si el siglo de Las Luces fue el del racionalismo, en el siglo XIX todas las disciplinas científicas estuvieron basadas por el enfoque histórico. En geología, la stratigrafía llevó a alargar considerablemente la edad de la tierra, abandonando definitivamente la cronología bíblica. En biología, el concepto creacionista y fijista de la naturaleza fue reemplazado por la visión evolucionista de la vida, mientras que la antropología estuvo marcada por el descubrimiento de la prehistoria que a su vez sustrajo todo crédito a la historicidad del relato de Adán y Eva.

En esa misma perspectiva, la historia de Jesús tal y como viene en los evangelios bíblicos fue sometida a la crítica de las fuentes históricas de los relatos. Nació lo que se llamó las ciencias bíblicas actuales, también conocida por su método histórico-crítico. Ya durante el siglo de Las Luces, Hermann S. Reimarus (1694-1768) vió en Jesús a un revolucionario político, cuyos discípulos, en principio desconcertados por su muerte violenta, inventaron el relato de la resurrección para representarse de alguna manera el éxito futuro de su misión mesiánica.

En 1835 apareció La vida de Jesús de David F. Strauss (1808-1874), rápidamente traducida al francés, que provocó un verdadero escándalo y la revocación de su autor. Según Strauss, los evangelios reflejan ante todo la fe y el insconsciente de las primeras comunidades cristianas, expresadas bajo la forma de relatos mitológicos construidos apartir de un pequeño núcleo de hechos históricos reales de la vida del Jesús. Al utilizar el término « mito » para calificar los relatos evangélicos, Strauss no estaba señalando que los relatos de milagros no fuesen auténticos, sino que pretendía afirmar que eran expresiones simbólicas de una verdad superior. Para él, la religión no descansa sobre hechos históricos, sino más bien sobre unas ideas. Por lo tanto no tiene demasiado importancia si los relatos de los evangelios sonn históricos o no, lo que cuenta, es la transmisión de unas ideas que estos textos vehiculan.

Treinta años después, en 1863, apareció en Francia la Vida de Jesús de Ernesto Renan (1823-1892) cuya repercusión fue todavía mayor que el de Strauss, debido a su carácter más artístico que científico. En el espíritu del Romanticismo, Renan pretendía en realidad remediar esa falta de fuentes históricas sobre la vida de Jesús, mediante su propio sentimiento interior, tratando de adivinar los estados de ánimo de Jesús y cuáles eran el sentido de esos relatos. Presenta a Jesús como un dulce soñador que recorre los campos de Galilea sonriendo a la vida, que fue arrastrado por sus seguidores a un drama que le llevaría a la muerte.

Mientras tanto, alrededor de los años 1840 en Alemania, el teólogo Bruno Bauer (1809-1882), afiliado al mismo grupo de pensadores que Karl Marx, los hegelianos de izquierda, llegó a conclusiones mucho más radicales llevando más allá las tesis de Strauss. Según su opinión, Jesús no es el inventor del cristianismo, sino que es el cristianismo el que inventó a Jesús, de tal manera que debemos considerar los evangelios una pura ficción, siendo que Jesús no existió jamás. Llegados a ese punto, la dificultad, para Bruno Bauer y los otros partidarios de esa crítica histórica radical, consistió en mostrar de qué manera las comunidades cristianas pudieron desarrollarse durante el primer y el segundo siglo sin tener en realidad ningún fundador histórico. La falta de una explicación realmente coherente e históricamente comprobable del origen de los relatos evangélicos y del cristianismo, en ausencia de Jesús, explica el por qué de la poca influencia que esta crítica radical ha ejercido hasta el día de hoy, mientras que la cuestión del origen del cristianismo permanece abierta a la investigación.

Traducción Julian Mellado

 

 

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