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Cuando digo Dios

¿de qué, de quién estoy hablando?

 

 

Michel Leconte

 

 

1 octubre 2012

No voy a escribir un artículo de teología o filosofía. Voy a intentar expresar en qué me hace pensar la palabra Dios, qué es lo que evoca en mi cuando empleo ese término.

Aún recuerdo la definición de mi catecismo católico de los años cincuenta : « Dios es puro espíritu, infinitamente bueno, infinitamente perfecto, dueño y creador de todas las cosas... » etc. Me parece que esa definición teórica es demasiado abstracta y está muy alejada de mi fe actual. Dios creador, dueño de los mundos y Jesús su hijo eterno, ya no me dice nada. Dios, un ser o el Ser (esse ipssum), por encima de mí, al cual debo someterme y obedecer: ¡desde luego que no! Como decía Lavoissier, ese Dios ha resultado ser una hipótesis inútil. Ni siquiera el todopoderoso, el Júpiter, tampoco. Se suele decir, asímismo, que las religiones monoteistas tienen el mismo Dios, lo que para mí es totalmente falso. El Dios-Alá, diciéndome lo que debo o no debo hacer, quien dicta la sharía, no es mi Dios. ¿Y el Dios de los ejércitos del primer testamento con sus 613 prescripciones, el Dios del Levítico y su código de santidad? Tampoco es mi Dios.

Mi Dios es el de Jesucristo. Mi fe es radicalmente cristocéntrica: Dios se ha manifestado a través la predicación, la existencia y el destino humano de Jesús, más allá de su presencia terrestre, interiorizando en los creyentes su mensaje y su poder liberador, dándoles su aliento a cada uno de ellos, como también a las comunidades cristianas. He ahí lo esencial de lo que me produce gozo día tras día.

¿Cómo expresarlo mejor? Sólo puedo hablar, entiendo, solamente con la ayuda de símbolos o metáforas y si se quiere también de una manera poética.

Dios es aquel que nos humaniza. (G. Castelnau) Es esa ternura original, esa bondad original que lleva a los humanos a su última metamorfosis siendo Cristo la revelación más luminosa. Dios es el que hace salir al hombre del caos, del terror, de la violencia, inclusive en sus expresiones más cotidianas. Dios es antes que toda moral o ética ya que antes ser exigente, es puro don, fuente de toda vida, fuente del amor mismo, fundamento de mi ser.

En Dios todo lo del hombre ha sido salvado, su espíritu, su cuerpo, todo lo que le habita, aún lo más oscuro. El resultado de ello es la vida liberada, la vida dichosa, el amor, la paz, la reconciliación, esa vida que sale hacia afuera como de una tumba fría.
¡No, no es un sueño! Aquel que se ha adentrado por este camino ha activado contra él todos los poderes de la muerte y la tristeza del mundo...
Este Dios, está en el hombre mismo. Su poder, día a día, puede crearnos y recrearnos por encima de nuestras debilidades y faltas: no existe hombre alguno condenado.

Nadie ha visto jamás a Dios. Es en vano preguntarse si ese Dios existe, ya que es a partir de una idea preconcebida que realizamos esa pregunta. En cambio, Dios sólo se muestra en el camino que emprendo por mí mismo. Él está conmigo cuando yo estoy con él.

« Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros » ( 1 Juan 4,12)

Traducción : Julian Mellado

 

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