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El pecado

 

le péché

 

Gilles Castelnau

 

10 de septiembre de 2012

Hablar a nuestros contemporáneos de la presencia permanente y paternal de Dios es con frecuencia para ellos una fuente de ansiedad en cuanto que la consideran como culpabilizadora : Un dios focalizado en nuestra finitud y nuestras faltas, horrorizado por nuestros divorcios, siempre opuesto al control de natalidad, al preservativo anti-sida, nunca de acuerdo con nuestras ideas sobre la eutanasia, la sexualidad gay...

Un Dios ante el cual conviene siempre reconocerse « pecador » y que finalmente resulta extraño al mundo nuevo que hoy se abre ante nosotros y que no nos presta su ayuda para vivir en él.

En cambio lo que Jesús nos revelaba era un mensaje apacible y tónico. Un Aliento de esperanza, de fraternidad y de compasión que crece en nuestros corazones cuando con él aprendemos a combatir los viejos Fariseos tradicionalistas, anquilosados y malvados en su fidelidad obtusa a las reglas que creían santas.

Pablo tenía razón de replicarles de que todos somos « pecadores », respetemos o no el Sábado, la comida kasher y la circuncisión, ya que somos « salvados por gracia, por medio de la fe y esto no es de vosotros, sino que es un don de Dios » (Efesios 2:8)

Y durante la Edad Media, Lutero también tuvo razón en afirmar frente al papa que no eran las « indulgencias » las que podían apaciguar la angustia de sus contemporáneos ante la amenaza de la condenación eterna.

Pero no son nuestras faltas las que nos carcomen en el mundo de hoy, sino más bien las fuerzas que nos faltan, la esperanza que se pierde, y nuestra identidad que se nos escapa, y además la muerte que nos amenaza. Lo que necesitamos por lo tanto es una palabra de confianza y de renovación, ese dinamismo creador del Príncipe de la Vida.

 

Traducción : Julian Mellado

 

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