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Nicolás de Cusa

apóstol de la paz religiosa

 

 

Gilles Bourquin


Évangile et Liberté
agosto-septiembre 2012

 

5 de septiembre 2012

Nicolás de Cusa (1401-1464), llamado el Cusano debido a su lugar de nacimiento, una ciudad alemana sobre el Mosela, es el más profundo pensador de su siglo. Estudió en los Paises Bajos con los Hermanos, después en Italia, filosofía, derecho, matemáticas y finalmente teología, antes de convertirse en sacerdote en 1430. Participó en las controversias del Concilio de Basilea acerca del papado, tomando parte a favor del papa que a su vez le envió en una misión diplomática a Constantinopla en 1437, y le nombró cardenal en 1448. Cinco años más tarde, la capital del Imperio de Oriente cae en manos de los turcos, el mismo año en el que el Cusano escribe una de sus obras más conocidas, La paz de la fe, un texto fácil de leer pero por desgracia difícil de encontrar. Sensibilizado por las luchas religiosas internas de la Iglesia y a las guerras de religión con los Turcos, el Cusano lanza en este breve escrito una auténtica revolución ideológica prefigurando el cambio de la modernidad: en lugar de la Cruzada, apela a una paz religiosa que justifica al ver un fondo común a todas las religiones, que corresponde en su opinión a las grandes líneas de la revelación cristiana. Bajo una diversidad aparente de doctrinas y ritos, habría por lo tanto una unidad de creencia fundamental. En vez de convencer a los no-creyentes de su error religioso, la evangelización consistiría para el Cusano a convencerles de que en realidad son cristianos sin saberlo.

Aunque haya una parte irreal en pensar que el fondo común de las religiones se corresponde al cristianismo, la mentalidad teológica de la Edad Media fue profundamente conmovida por las ideas nuevas de Nicolás de Cusa. Durante mil años, inspirados por Aristóteles (384-322 a.C), los teólogos, particularmente influenciados por Tomás de Aquino (1225-1274), desarrollaron sistemas lógicos donde todo se explicaba, por lo que la toma de conciencia humanista de la multiplicidad de creencias religiosas convertían esas síntesis en algo caduco.
Había que cambiar las referencias. Y inspirándose en Platón, Nicolás de Cusa refutó las summas teológicas de sus predecesores con un razonamiento simple: las deducciones lógicas son válidas para las realidades finitas, palpables, pero para las realidades espirituales, la lógica racional explota, ya que no está hecha para tratar las infinitas perfecciones divinas.
La consecuencia de ese razonamiento, que él llamó Docta ignorancia, tomado de su obra más importante, resultó en una crisis general de las convicciones. Siendo que el infinito no es conocible, ¡todo conocimiento aboca a la ignorancia !
El apóstol Pablo, mucho antes que el Cusano, ya anunció que un día el conocimiento cesaría. (1 Co 13,8).

De esta manera, la diversidad de creencias religiosas se podía explicar facilmente debido a la imperfección de todo conocimiento y por lo tanto de toda doctrina religiosa. Quedaba por demostrar porqué el cristianismo ocupaba, aún así, un lugar central entre las religiones. Según Nicolás de Cusa, y aquí otra vez, no podemos decir que sea fácil seguirle sin dificultades, mientras que los contrarios se oponen en el mundo finito (calor y frío, bien y mal, verdadero y falso, único y múltiple, etc.) coinciden en el mundo infinito, según el principio de la coincidentia oppositorum, de manera que en Dios no subsiste ninguna contradicción. Y verdaderamente es en el cristianismo que aparece la manifestación suprema de esa fusión entre opositores, el Cristo siendo a la vez el minimus homo, humilde servidor crucificado, y el maximus homo, el Verbo divino encarnado. Innovador y creador, el pensamiento liberal de Nicolás de Cusa ha liberado la teología, no sin tomar el riesgo, cosa que le fue reprochada en numerosas ocasiones, de transformar el cristianismo en una nueva filosofía platónica.

 

Traducción : Julian Mellado

 

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