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¿Para qué sirve la Cena?

 


Henri Persoz

 

Traducción : Julian mellado

 

 

14 de julio de 2012

Karl Barth, cuando se encontró con el padre Congar, le hizo la siguiente pregunta: ¿Cómo puede atribuir una importancia tan grande a la eucaristía cuando en el Nuevo Testamento ocupa tan poco espacio?

Los Reformadores reducieron esa importancia, pero teniendo en cuenta la posición abusiva que tenía en la Iglesia romana, no pudieron ir hasta el final de la cuestión. Porque ni Marcos ni Mateo recomiendan de repetir el gesto de Jesús « en memoria de él ». Solamente en algunas versiones antiguas de Lucas (pero no en todas) lo indican. También Pablo en su primera epístola a los Corintios. Aunque no asistió a esa cena como tampoco lo hicieron los evangelistas.
De todas maneras, el « haced esto en memoria de mi », en caso de haberse pronunciado, se dirigía a los discípulos presentes y no necesariamente a la multitud de cristianos a lo largo de todos los siglos siguientes. De manera que Jesús, según el Nuevo testamento, no « instituyó » la Santa Cena. No es porque se utilice el imperativo que se está instituyendo algo.
Jesús habla frecuentemente de una manera imperativa; si estuviera instituyendo algo cada vez, ¡ la Iglesia quedaría aplastada bajo tantas
instituciones !
Y aún la « presencia real » de los Reformadores no tiene fundamento bíblico. Podemos considerar que Jesús está presente en todo tiempo y en todo lugar en el corazón de los fieles pero ningún texto del Nuevo Testamento insinúa que estaría especialmente en las celebraciones futuras de su última cena pascual. Asímismo, esta idea de sacramento es una invención de la Iglesia antigua que Lutero no se atrevió a rechazar del todo. El sacramento no tiene nada de bíblico.
Un texto de finales del siglo primero (la Didajé), escrito fuera de las iglesias paulinas, ofrece recomendaciones para celebrar la eucaristía.
Dice que hay que dar gracias al Padre, por el conocimiento que nos a dado a través de Jesús, después habla de comer y beber el pan y el vino. No hay nada sobre el cuerpo y la sangre de Cristo, ni tampoco sobre la última cena presidida por Jesús. Esta confusión entre eucaristía, al comienzo una simple bendición de origen judío, y las frases otorgadas a Jesús en ese evento, no estaba generalizada en todas las Iglesias primitivas.
Nada impide que la comunidad cristiana pueda repetir un gesto atribuido a Jesús, en memoria de él.
Esto no hace ningún daño a nadie. Pero no es obligatorio que se haga, en contra de lo que dice la posición luterano-reformada. Sobretodo lo que hay que resaltar es la idea de recuerdo, de memoria, como dijo el mismo Jesús.
Entonces cuál es la razón de que la eucaristía, convertida en cuerpo de Cristo, haya tomado una importancia tan grande y tan pronto en la historia del cristianismo?
En muchas de las religiones de la época, el hecho de comer la divinidad era una manera de apropiarse de su poder. Y para la Iglesia, era una manera de poseer a Cristo. Pero la santa cena tiene también un arraigo en la psicología humana. La comida es el lugar del compartir, el pan y las noticias de los unos y de los otros. El vino ayuda a soltar la lengua, a que los convidados se cuenten las cosas. La comunión es una solidaridad que permite intercambiar alegrías y penas de cada uno.
Observad la santa Cena de Leonardo de Vinci: cada discípulo se ve muy animado participando con sus vecinos en apasionadas discusiones.
Ahora fijaros en la santa Cena de nuestros cultos protestantes: un silencio glacial. Está prohibido hablar. La Cena se ha convertido en un lugar donde no se dice nada.
Nada más terminar el culto, en la mayoría de la parroquias se organiza un aperitivo. Se vuelve a comer y se vuelve a beber. Pero se reanuda con simpatía y calor humano.
¿No estaría ahí la verdadera comunión? ¿Jesús está siempre realmente presente?



 

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