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¿Somos infalibles?

 

 

Alfonso Pérez

 

 

18 de mayo de 2012

Cada año que pasa, cada libro que leo y cada experiencia que tengo me hacen ver el hecho de que cada vez sé menos. Tengo al presente cuarenta años y muchas cosas que creía como ciertas en todos sus detalles han necesitado ser evaluadas, en algunos casos modificadas y otras sencillamente rechazadas. Antes mi pensamiento no tenía aristas, ni siquiera múltiples opciones, para mí o era una cosa o era la contraria. Pero ya tengo una edad en la que puedo mirar hacia atrás, en la que he acumulado algunas experiencias, he leído, he estudiado sin desechar nada. Después de todo esto me doy cuenta de que sé bastante poco, que la mayoría de las veces se trata de una opinión, mi opinión, y si bien ésta intento que sea fundada no deja de ser eso, una opción válida entre otras posibles. A la par algunas pocas cosas han tomado unas dimensiones gigantescas en mi vida, de las que estoy cada vez más convencido, sólo unas pocas aunque más que suficientes para orientar mi paseo por esta tierra. El Hombre que las engloba todas se llama Jesús.

Por ello en los últimos tiempos me voy quedando cada vez más perplejo con una línea de pensamiento, de cristianismo, que va precisamente por el camino opuesto. Escucho, veo y leo a toda una serie de escritores, predicadores y teólogos que todo lo tienen claro. Estoy siguiendo especialmente a un predicador y escritor norteamericano al que jamás le he escuchado decir que ésta es su opinión pero que hay otras; o que estamos ante un misterio, pero que su mejor respuesta es la siguiente; o que sencillamente no puede responder a esa pregunta porque la respuesta no la sabe.

De hecho en una ocasión le he escuchado al principio de una contestación decir que había otros que piensan de forma diferente para a mitad de su explicación pasar a colocarse en el lugar de Dios. Ya no se trataba de él respondiendo sino de “la Biblia dice” o “Dios dice en su Palabra”. Él había pasado a ser el portavoz de Dios descartando de esta forma a los otros creyentes que pensaban de forma distinta. Claro está, si Dios lo dice ¿quién la va a llevar la contraria? Con este tipo de personas no es posible hablar ¿quién puede convencer a Dios de que está equivocado o de que considere otras opciones?

Lo triste de todo es que este perfil de cristiano está por doquier en el mundo evangélico. Los predicadores suelen hablar en nombre de Dios, para ellos lo que están transmitiendo es la interpretación sin error de lo que la Biblia dice en tal o cual pasaje. De lo contrario no usarían frases como la de “Dios dice” o incluso otra todavía más llamativa: “Dios me habló cuanto estaba estudiando este versículo y me dijo que…”.

Por supuesto podemos decir, al leer la Biblia, que Dios dice en su Palabra que, y lo que venga a continuación. Pero en el mismo momento que dejamos de leer pasamos a interpretar y entonces ya se trata de algo subjetivo, propio.

Después de estar en iglesias por treinta años y de haber viajado por diferentes lugares he podido comprobar cómo un pastor afirmaba que Dios decía una cosa y acordarme que una semana antes había escuchado a otro decir lo contrario… pero también, según él, Dios se lo había enseñado.

También se me ha dado el caso de escuchar a un predicador que mantenía que lo que él estaba proclamando era lo que Dios quiso transmitir en determinado texto… el problema es que yo sabía que ese texto no decía eso. Se estaba equivocando en su interpretación. El Espíritu Santo no suple la falta de estudio, y el que no ha estudiado errará muchas veces.

Lo que veo con mucha claridad es que el nombre de Dios se está usando en vano. Dios no puede estar diciendo una cosa y la contraria. Además el reconocer que un determinado tema posee limitaciones para nuestra comprensión o que existen otras opiniones no es falta de fe, a esto se le llama honestidad.

Cuando alguien vez tras vez es capaz de responderlo todo no es que sea el mayor de los sabios, se trata del primero de los ignorantes.

Conocida es la historia de Sócrates, lo que motivó que tuviera que suicidarse tomando la cicuta.
El oráculo de Delfos había manifestado que el hombre más sabío que había en Atenas era Sócrates. Cuando éste supo de esta proclama se quedó perplejo ya que la idea que él tenía sobre sí mismo era precisamente la contraria, que no sabía nada. Por tanto comenzó la tarea de demostrar que el oráculo había errado. La línea a seguir era el ir preguntando a todos aquellos que se consideraban sabios. La pregunta esencial era en dónde pensaban ellos que estaba el origen de su saber, de su sabiduría. Vez tras vez se puso de manifiesto que todos aquellos que se creían sabidos demostraban ser todo lo contrario.

En el transcurso de su cometido se le fueron uniendo un grupo de jóvenes que podían comprobar, realmente disfrutando, el cómo aquellos que parecían ser los ancianos más venerados y sabios no lo eran en absoluto. Pero esto hizo que Sócrates fuera sumando más y más enemigos de tal forma que llegó el momento en el que fue acusado de enseñar ideas contrarias a los dioses y hacer esto mismo con la juventud. El juicio se estableció para un día y el veredicto lo darían 500 ciudadanos libres de Atenas. Los amigos del filósofo le hablaron para que en su defensa contratara a locuaces oradores para así decantar a su favor a cuantos más mejor de aquellos que iban a ser sus jueces. Pero Sócrates se negó de forma rotunda, sería él el que defendería su inocencia. Según nos hizo llegar Platón, la autodefensa que realizó Sócrates fue impecable, irrefutable, pero los acusadores manipularon a la multitud para que lo condenaran a muerte. Pero todavía había esperanza. Si él lo pedía, le dijeron, esta pena le sería cambiada por una fuerte multa o el exilio. Sócrates se negó. Para él, debido a su amor a la verdad, el que realizara esta petición significaba que reconocía que realmente era culpable, que estaba equivocado. A sus propios ojos esto no era honesto. La muerte sería tomando la cicuta.

Antes de morir pudo estar hablando con sus amigos. Éstos, como última salida a su fatal destino, le propusieron poder escapar de la ciudad. De nuevo Sócrates rechazó esta posibilidad. Él era un ciudadano de Atenas quién jamás había roto una sola ley de esta ciudad y ahora no iba a hacerlo. Sus últimos momentos, según nos relata Platón, los pasó charlando de filosofía, de lo que pasaría después de la muerte. Mientras el veneno iba haciendo efecto en su cuerpo. Sus amigos lloraban mientras lo escuchaban.

Ante los misterios que suponen el dolor, la soberanía de Dios, la acción y la pasividad del Creador tanto ante hechos cotidianos como dramáticos se impone un espíritu de humildad. Esto es una forma de pensar que tenga siempre presente que estamos en un mundo de una enorme complejidad, que reconozca que en no pocas ocasiones no existen respuestas fáciles, y aún en otros casos sencillamente no las hay. Se trata por tanto, de un reconocer por medio del estudio amplio nuestras limitaciones, de la imposibilidad de ser objetivos en muchas ocasiones, de que no podemos llegar más allá. Sólo somos personas. Querer siempre hablar desde la certeza, desde la rotundidad y desde el lugar de Dios es un acto de orgullosa ignorancia (aunque no se sea consciente de ello). Quién de continuo usa “Dios dice”, “Dios me ha dicho” y “Esto es lo que enseña la Biblia" sencillamente es que se cree infalible. Su opinión pasa a ser la autorizada y por ello el siguiente peldaño es ser alguien autoritario. Es la conciencia de la iglesia, el que marca lo que se debe creer y lo que no.

Conozco un caso muy cercano de un hombre que había sido abandonado por su mujer y se había llevado a su hija a otra ciudad. Esto le había provocado mucho sufrimiento ya que durante casi un año no sabía dónde su mujer se había marchado. Al tiempo se convirtió y el pastor de la iglesia a la que asistía le dijo que tenía que llamar a la mujer que le había abandonado, que Dios no aprobaba los divorcios. Por tanto tenía que perdonarla e invitarla a que volviera a él. Si Dios es el que estaba hablando por las palabras que aquél pastor no podía oponerse, sólo cabía aceptar. En contra de lo que sentía, sin ya quererla por el sufrimiento que había soportado le escribió. Ella lo volvió a rechazar, vivía con otro hombre, se rió de él, volvió a ser humillado.

¿No es mejor hablar desde uno mismo? ¿No es infinitamente más acertado presentar una predicación o un estudio como una interpretación personal? ¿Por qué no se deja de manosear y usar para todo el hombre de Dios?
Pero manifestar todo esto es una invitación a que lluevan los conflictos, los problemas. A nadie que lleva media vida predicando y hablando de esta forma le gusta que llegue alguien, que además puede estar incluso más preparado, y ponga en tela de juicio su autoridad. En este tipo de pastor, de predicador, que como digo abunda en las iglesias evangélicas, tendrá un opositor, incluso un enemigo.

Un amigo mío que entiende mucho más que yo de teología y de todo esto propuso en una iglesia a la que asistía que antes de que alguien fuera reconocido como pastor pasara un examen psicológico. Le hicieron la vida imposible.

¿Cuándo nos daremos cuenta de que toda teología es biografía? Cuando alguien habla acerca de Dios lo hace desde una serie de condicionantes. Entre éstos están su experiencias desde la niñez y cómo ha encarado los golpes emocionales; qué tipo de educación y estudios ha cursado; qué tanto se conoce a sí mismo; ¿Ha experimentando lo que es la gracia y la compasión?

Sé, como decía al principio, tan sólo unas cuantas cosas, o mejor, conozco bien a un solo Hombre. Éste se llama Jesús de Nazaret. Un hombre, más que un hombre, que encarnó el amor de Dios. Debo imitarlo en lo posible, él me ha enseñado el camino a la otra vida. Pero en el transcurso de mi relación con él me ha mostrado que sólo soy un hombre finito, imperfecto y lleno de subjetividades. Pienso que tal vez esto sea el primer paso en el camino de la humildad.

“El mayor amigo de la Verdad es el Tiempo; su mayor enemigo, el Prejuicio, y su compañera constante, la Humildad”. C. C. Colton.

 

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