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Un Dios necesario

 

Un Dieu nécessaire

 

 

Henri Persoz

 

publicado en Évangile et liberté marzo 2012

 

 

12 de abril de 2012

Dios es trascendente. ¿Cómo hablar de él? Quizás habría que contentarse en constatar su presencia en las acciones de aquellos que hacen todo por ayudar a la humanidad sufriente.

En el catecismo que sirvió a mi  « instrucción religiosa » (André Espazé, Catéchisme doctrinal, 1953), leo en la página 73 : « Dios nos manda que participemos regularmente al culto público: es una obligación » Es de esta manera que las iglesias siempre han hecho hablar a Dios en su lugar, para conseguir sus fines. Para darse a sí misma toda autoridad se la han usurpado a Dios.

¿Cómo es posible que tantos teólogos, cristianos u otros, hayan explicado todo de Dios: lo que pensaba, lo que hacía, lo que quería, lo que amaba, lo que podía -y no podía- hacer? ¿Y que hayan expresado sobre estas cuestiones tantas opiniones tan divergentes, incluso contradictorias, que ya no sabemos qué creer y a quién creer? Esta excesiva libertad con la cual muchos pensadores se han puesto en el lugar de Dios, explicando lo que era y cómo era su manera de actuar, ha contribuido, en mi opinión, a desvarolizarlo, a rebajar su trascendencia; y finalmente a alimentar el ateismo. Pues es difícil creer en un Dios que sea tan dependiente de la persona que esté hablando. Creer en Dios, quizás, ¿pero en aquel explicado por quién? O en tal caso ¿Dios sería solamente la proyección del pensamiento humano? ¿Tantos dioses como pensamientos humanos?

Para los Padres griegos de la Iglesia, que retomaban de una cierta manera la tradición hebraíca, sólo podemos comprender que Dios es incomprensible. Gregorio de Nisa (335-394) escribía :
«  Para hablar de él, sólo podemos guardar silencio » Y Juan Crisóstomo (344-407) : « Aquel que sabe algo, se equivoca ».

No tenemos un medio directo para comprender y conocer a Dios. No está al otro lado de nuestro móvil. Y los hombres se ven limitados a hacer suposiciones, invenciones, a tener intuiciones que, acumuladas a lo largo de la historia, han ido formando la revelación. Pues sólo podemos obtener de Dios la idea que nos hayamos hecho de él. Y no debemos confundir esa idea con Dios mismo.

Como decía John Spong (cf. el precedente número de É & L), cada uno de nosotros sólo puede hablar de su experiencia de Dios. ¿Cuál sería la mía? Debo ser sucinto para no contradecir demasiado a Gregorio de Nisa. Me parece que si nadie creyese en Dios, concretamente en ese Dios de amor proclamado por Jesús, el mundo sería todavía mas espantoso de lo que es.
Observad todas esas acciones « humanitarias » aliviando las miserias del mundo con una valentía y una perseverancia más que significativas. Sustraed de esas acciones a todos aquellos que creen en Dios o que han sido educados en el respeto a Dios; Y veréis numerosas de esas acciones derrumbarse y al mundo sombrear aún más en la miseria y el caos.

Dios es el que suscita en los hombre la solidaridad, el socorro en las grandes desgracias, la organización de sociedades para el respeto de la justicia y de los derechos de los hombres. Como decía Albert Schweitzer, a Dios no se le explica, se le practica. Para él, Dios es esa necesidad de salvar al hombre.

Jesús mostró claramente la nueva ley de Dios: debemos invertir nuestra manera de pensar. En vez de pensar en primer lugar a uno mismo y olvidar los otros, hay que pensar primero en los otros y olvidarse de uno mismo. Finalmente, nos reencontramos con el pensamiento judío, que considera que Dios está tan por encima de los hombres que sólo hay un medio para acercárnoslo: la ley.
Efectivamente conocemos mejor a Dios por lo que demanda que por lo que es. Dios es en primer lugar aquel que dice cómo comportarnos. Por lo tanto vemos realmente que Dios es necesario.
Si no existiera, habría que inventarlo. No tenemos necesidad de razonamientos complicados para entender su existencia.

Traducción Julian Mellado

 

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