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Revisitando el Edén

 

 

Julián Mellado


 

30 noviembre 2018

 Revisitar significa volver a un lugar para dar cuenta de él. Leer es una manera de "visitar" los relatos, lugares inspirados por un autor, encontrarse con personajes que pueblan las líneas. Y cuando releemos un libro lo "revisitamos" quizás con la intención de volver a sentir o revivir las sensaciones de la primera lectura. Siempre hay historias que nos atraen de una manera especial, y volvemos a ellas de vez en cuando...quizás descubramos algo pasado por alto.
Algo así me ocurre cuando releo los relatos de la Biblia. Historias archiconocidas, estudiadas, diseccionadas por múltiples disciplinas, con diferentes resultados, y diversas consecuencias. En cambio, al margen de esas legítimas disciplinas, siento la necesidad de volver a "recorrer el camino" por esos viejos senderos y dejarme atrapar por la atmósfera que transmite. No es un momento de exégesis o intenciones teológicas. Es sencillamente un darse cuenta de qué es lo que evocan esas historias, de una manera personal, existencial y hasta poética. Un momento de soledad para dejarse habitar por lo leído, sentir el corazón palpitar al son de un eco lejano que se vuelve contemporáneo y que golpea la conciencia.

Decidí pues revisitar el Jardín del Edén. ¿Qué me contaría esta vez? Para este viaje había que ir ligero de equipaje, es decir, tratar de despojarse de los a priori aprendidos, cosa que no resultó fácil de hacer. Quería cambiar la manera de acercarme a la historia pues siempre me ha parecido que ciertos relatos bíblicos transmiten algo tanto a creyentes como a los que no lo son. Así que sólo voy a evocar esas cosas que en la soledad del encuentro con el texto han suscitado en mí el deseo de ponerlo por escrito.

¿Revisitar el Jardín del Edén? ¿En calidad de qué?

En un principio en calidad de observador pero según avanzaba la visita me vi involucrado cada vez más hasta llegar a un desafío personal.
¿Estás listo para la revisita? (seguro que ya estuviste ahí una vez)

Lo primero que me llamó la atención es que el dios del edén era una Voz que se paseaba en el huerto , al aire del día.  ¿Cómo se pasea una Voz?
¿Cómo traducirlo a nuestra experiencia personal? Cada cual tendrá de aclararse en qué consiste esa Voz, ese criterio existencial, o esa experiencia indecible.

Seguidamente me puse a pensar en el Jardín mismo. Una realidad bien conocida en esas zonas áridas donde nació el relato. Actualmente se nos hace difícil darnos cuenta lo que eran esos lugares regados por ríos, donde abundaba la vegetación,  siendo rodeados por desiertos inhóspitos.
Así que ese Jardín se presenta como un lugar seguro, armonioso, de encuentros al aire del día. Y sin embargo...
El relato nos impacta con la presencia de la serpiente, símbolo del mal escondido (de eso saben los que atraviesan desiertos aún hoy), manifestado como tentador, falsificador de las palabras divinas, divisor de lo unido. Lo que realmente llama la atención es que aparece en el lugar seguro, no afuera.  
El tono de mi lectura empezó a cambiar. Tenía la extraña sensación de algo vivido. ¿Quién no ha se ha sentido seguro en un ambiente armonioso? Y sin embargo...

Es como si ese mal formarse parte de la realidad por muy bonita que fuera. También nos ocurre no entender bien esa Voz, malinterpretarla, o falsificarla.
Cuando Adán y Eva, en el relato, comen del fruto prohibido sus ojos  se abren a una realidad distinta, desnuda.
El dios del Jardín del Edén es severo, hay que asumir las consecuencias, en otras palabras, marcharse a la intemperie. Adán y Eva pierden la seguridad del Jardín.
Son cubiertos por pieles para afrontar lo desconocido, conocer la desarmonía, la dureza de la tierra que se resiste a dar su fruto. 
A veces vivimos situaciones donde se nos abren los ojos a realidades que no imaginábamos cuando disfrutábamos de la protección del lugar de los encuentros. ¿Quién iba a pensar que allí iba a ocurrir eso? ¿Acaso no era un refugio? 

Ya no podía leer la historia como un algo perdido en el tiempo. Ahora ya no podía observar, tenía que escuchar.

En todo esta historia podemos ver la importancia de la escucha. ¿A quién o qué deseamos escuchar? La Voz , por la magia de la lectura, nos alcanza con un desafío enorme y nos emplaza a responder a una sencilla pregunta.
Tras abrir los ojos y esconderse por miedo, el hombre escuchó: ¿Dónde estás tú?

Ese Adán, esa Eva, somos nosotros, soy yo, eres tú...y seguimos siendo llamados a responder a esta pregunta. ¿Dónde estamos en realidad? ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Nos encontramos desterrados? ¿Vivimos a la intemperie? 
¿Tenemos nostalgia de nuestro Jardín del Edén? ¿Pero era tan seguro como creíamos?
Y la vida de Adán y Eva siguió con sus riesgos, con sus miedos, encarando otra realidad, y sufriendo la decepción de ver cómo uno de sus hijos mataba al otro por motivos escondidos en lo más profundo  y en lo más oscuro del corazón humano.
Pero...la Voz volvió a oírse. Esta vez con profundo dolor, y la nueva pregunta sigue atravesando los siglos: ¿Dónde está tu hermano?

Decidí marcharme, dejar la visita al Edén, volver a mi rutina. Se me planteaba un dilema. ¿Realmente había sido yo el que revisitaba el relato, o era éste el que me visitaba a mi?. En el primer caso, la cosa se volvía fácil. Sólo tenía que ir por otro lado, olvidarme de tal visita tan interesante. En el segundo caso, no había lugar donde ir, y las dos preguntas resonaban con fuerza en mi interior en busca de una respuesta. ¿Y tú, has oído algo? 



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