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¿CADENA DE ORACIÓN?

¡ No, gracias!

 

 

Emilio Lospitao


 

6 enero 2018

Ya han sido varias veces las que he recibido por medio de las redes sociales, messenger, facebook, Whasapp, etc., la invitación a seguir y compartir alguna “cadena de oración” por algún caso concreto, normalmente por una enfermedad grave, y en especial por un niño enfermo. Mi respuesta ha sido siempre condescendiente pero clara en el sentido de que un Dios que necesita cientos, miles, incluso millones de personas le pidan que haga algo en favor de tal niño, porque de no pedírselo no lo hará, me parece cuando menos un Dios que no merece prestarle la mínima atención, mucho menos rendirle pleitesía. No creo en ese Dios.

El fundamentalismo, como siempre, porque no se molesta en leer e interpretar la Biblia en el contexto en que fue escrita, se limita a señalar una serie de textos bíblicos para afianzarse en la necesidad, la conveniencia y la obligación moral de unirse en oración por cosas concretas relacionadas con la vida: los negocios, los viajes, el trabajo, los exámenes… y, por supuesto, la salud. El Dios del cielo (papaíto) está allí arriba atento a cuantas peticiones le hagamos. No tiene otra cosa que hacer. Además, ya lo dice muy claro la Biblia, concretamente Jesús: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:20-24). Los textos que sirven para este propósito son obviamente muchos, pero este que cito como botón de muestra es suficiente. Sin menoscabo de la eficacia que pueda tener la oración per se, o la meditación, o cualquier otro mecanismo de similar naturaleza, lo que quiero es invitar al lector creyente a que haga una simple reflexión –sin que le afecte sobremanera a su fe–, que use la capacidad cognitiva con la que el Creador nos dotó y “caiga en la cuenta”. Veamos:

Hasta que se descubrieron las vacunas o los fármacos que curaban ciertas enfermedades, las personas, ¡especialmente los niños!, morían por miles a causa de tales enfermedades. Una vez que las vacunas se pusieron a nuestro alcance, las personas, ¡sobre todo los niños”, se salvaban y se salvan de una muerte segura. Hoy se salvan sobre todo por la especialización e individualización de los fármacos, la sofisticación de las tecnologías y la formación de los especialistas. Es decir, Dios empezó a responder a nuestras oraciones para curar estas enfermedades, que eran letales, cuando la ciencia descubrió las vacunas y los fármacos que las erradicaban. Por eso, los niños del tercer mundo, en tanto que no les llegan estos recursos farmacéuticos y humanos, siguen muriendo hoy. Desde esta objetiva y tozuda realidad parece que es Dios quien nos necesita a nosotros y nos pide que hagamos con diligencia aquello que él obviamente no va a hacer. ¡Posiblemente no es su misión hacerlo a la luz de la cotidianidad, y a pesar de los textos bíblicos que afirman lo contrario!

A pesar de esta objetiva realidad, desde la piedad religiosa se sigue remitiendo a la “intervención” de Dios en cualquier aspecto de la vida no importa su nimiedad, ¡incluso haciendo cadenas de oración! En los casos de gravedad, cualquiera que sea su naturaleza, se remite a la confianza en Dios porque se cree que todo está en sus poderosas manos. Si todo sale bien (porque está en las manos de la ciencia y del especialista que lo atiende), se lo atribuimos a Dios y obviamos la eficiencia de los especialistas y los recursos de la ciencia. Si sale mal, porque la ciencia y los especialistas aun no están a la altura de tanto éxito –y parece ser que en la voluntad de Dios no estaba tampoco una resolución feliz del problema– entonces se echa mano de la consabida recurrencia: “No estaría en los planes de Dios”. Y el terapeuta religioso se queda tan fresco… y el doliente, frustrado y perplejo. Con esta crítica no estoy subestimando la oración de petición a Dios, lo que estoy diciendo es que quizás debamos reenfocar la oración de petición y modificar la imagen que tenemos de Dios. Que la oración es eficaz no hay ninguna duda, tanto para los que oran como para el sujeto por quien se ora. Pero no porque Dios haya intervenido con su poderosa mano, sino porque nuestra psique responde positivamente en su relación con nuestro cuerpo y nuestro estado de ánimo (enfermo). Somos seres psicosomáticos. Hay una relación entre la psique (alma) y el “soma” (cuerpo) que interactúan positivamente –o negativamente–, y la oración es un medio idóneo para que ocurra lo primero. Y no solo en la oración “cristiana”, ocurre en cualquier clase de oración o meditación. La respuesta a la oración, pues, viene por un camino muy diferente y con un resultado, a veces, distinto al solicitado.

Por supuesto, para los creyentes, la oración nos acerca a Dios, nos influye confianza y serenidad ante cualquiera que sea la realidad final. La oración es una fuente de poder moral y espiritual tanto para el que ora como para quien por medio de la oración intercedemos. Pero la “intervención” de Dios no radica en que hará aquello que le pedimos, sino en que estará a nuestro lado para facultarnos en la superación de la contingencia a la que nos enfrenta la vida, cualquiera que esta sea. Dios no está ausente –porque no puede ausentarse de su propia realidad–, él está siempre en y con nosotros... ¡como estuvo con Jesús en la cruz!

Estas “cadenas de oración” que se promueven en las redes sociales me huele que pretenden –quienes las promueven– ser más piadosos que el mismo Dios, que sabe todo de antemano, pero parece que si no promueve dicha cadena de oración Dios no va a hacer nada, está ausente, o está esperando a que sus hijos se lo pidan suplicando con lágrimas en los ojos, o insistiendo una y mil veces (¿como la mujer que suplicaba al juez? - Luc. 18:1-8) para que actúe. Yo, en este Dios que se le puede manipular por medio de “cadenas de oración” no creo. Creo en el que nos pide que vistamos al desnudo y demos de comer al hambriento… porque él no va a hacerlo. ¿Cadena de oración? ¡NO, gracias!

 



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