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El placer de leer Eclesiastés

 

 

      Julian Mellado

 


 

19 junio 2017                                                           

Recuerdo dos anécdotas referentes al libro de Eclesiastés. El primero fue en una asamblea donde un teólogo me confesó que honestamente no sabía qué hacía el libro de Eclesiastés en la Biblia. No que fuera un mal libro, era muy interesante, ¡pero que se le tomara como Sagrada Escritura!
El segundo episodio fue en una conferencia que asistí done conocí a un cineasta que se declaraba ateo militante. Lo curioso fue cuando en un momento de la conversación me dijo que su libro de cabecera era Eclesiastés. Obviamente me quedé perplejo en ambas anécdotas y me propuse estudiar con una « cierta profundidad » este enigmático libro.
Comencé por todos los aspectos de las ciencias bíblicas  que me fascinaron como pocas veces lo había hecho esa clase de investigación.
Pero tras mucho tiempo de estudio académico llegué a la conclusión de que en realidad no conocía este misterioso libro bíblico.
Así que decidí volver a « leerlo » de una manera existencial, quería « oir » a ese predicador, intentar comprender lo que decía en su situación vital y ver si era posible « aprehenderlo » para mí mismo. En otras palabras ¿podría convertirlo en mi contemporáneo?

La primera sorpresa que me llevé era la extraña modernidad que presentaba el libro. Su autor a quien llamaré Qohelet (no sabemos cómo se llamaba, y este nombre designa al libro en hebreo) parecía conocer « mi » realidad. Había momentos donde realmente me daba la sensación de estar « viajando en el tiempo » aunque no tenía claro si era el Qohelet quien se paseaba por mi mundo o era yo el que se paseaba por el suyo. Había una extraña conexión entre los dos. Luego descubrí que no era el único quien vivía esa sensación.
Qohelet es duro, hay que decirlo. Se propuso observar y analizar la realidad de su tiempo. Y lo primero que constató es que la Sabiduría tradicional (reflejada en el libro bíblico de Proverbios por ejemplo) sencillamente no funcionaba. Su tiempo era un tiempo de crisis en Israel en muchos sentidos. (se sitúa en el siglo III a.c). La sabiduría tradicional de la justa reciprocidad, no se daba. No era cierto que ningún justo pasara hambre. Él había constatado que lo mismo le ocurría al sabio que al necio, al piadoso como al impío. Qohelet tuvo la valentía de enfrentarse a la realidad, sin esconderse en subterfugios o refugios ideológicos que consuelan, pero no dicen la verdad.
Por eso choca tanto la lectura de este libro. No apela a las grandes hazañas de los antiguos israelitas. No apela al intervencionismo de un Dios providente. No es necesario, pues el « Dios » que aparece en su libro es aquel que ya lo ha dado todo. Lo interesante de ese « Dios » es que está inmerso en todo lo que es natural. Se podría en ciertos casos, sustituirlo por la palabra « Vida » y el texto seguiría teniendo sentido. A Qohelet no le gusta los discursos sobre Dios, pues muestra una actitud un tanto agnóstica, y nos invita al respecto « que tus palabras sean pocas ».
Aunque aprecia la sabiduría, no cree que sea garantía de felicidad, o que pueda protegernos en el día de la desgracia. Ahí es donde resalta con fuerza esas palabras que le han hecho famoso « vanidad de vanidades, todo es vanidad ». Muchas veces se le ha dado el sentido de que nada tiene sentido, nada merece la pena, haciendo del autor un nihilista ante de hora. Pero es un error. Qohelet emplea la palabra « hebel » que podríamos traducir por « humo ». ¿Qué es el humo? Aquello que está pero no perdura, se desvanece. El autor nos hace ser consciente de que vivimos en lo efímero, en lo que no dura, sea la felicidad, o la juventud. Así que poner un sentido absoluto en algo efímero, es una locura, una garantía de desilusión.
La parte más extraña es su escepticismo. Frente a la moda del Helenismo con toda su metafísica, Qohelet nos llama a poner los pies en el suelo y constatar « lo que se hace bajo el sol ». Llega incluso a negar la vida después de la muerte, pues nadie puede asegurar en realidad qué hay después, y esto lo hace frente a la moda helenística de supervivencias diversas más allá de la tumba.
¿Es un pesimista?  Nos está invitando a un « apaga y vámonos »?
Aquí es donde aparece la genialidad del Qohelet. No es un nihilista, la vida tiene sentido, o hay que dársela, y precisamente en lo efímero, en el hebel, en lo que no dura. A veces su lectura es difícil de seguir. Lo ha probado casi todo y no le ve sentido a nada. Pero descubre que el presente, el instante, se puede llenar de sentido. Quizás deberíamos pensar que « cuando amamos a la esposa, al esposo, a los hijos, al amigo, cuando hay un reencuentro en el presente, vivimos instantes de eternidad, pues el tiempo ya no  cuenta ».
Cuando nos dejamos atrapar por su lectura, vamos descubriendo de que Eclesiastés, aún desvelando el horror de muchos aspectos de la existencia, es una invitación a vivir. Vivir ahora y en este lugar, con los míos, los tuyos. Te invita a echar el pan sobre las aguas porque quizás después recojas lo inesperado. Nos llama a descubrir esos « instantes de eternidad » y sin hacer de ellos un absoluto, si nos dice lo podemos vivir con plenitud. Pero sin olvidar que es « hebel ».

Libro extrañamente moderno, hasta cierto punto polémico, enigmático, escéptico y a la vez lleno de vida. La comunidad creyente le añadió un capítulo para volverlo más « ortodoxo », quizás sin él no se habría incluido en las Sagradas Escrituras.
Para mí, la lectura de Eclesiastés es un placer, un reencuentro con un gran pensador, con la sensación de que dialogo con un viejo amigo. Vuelvo a menudo a su lectura, me acompaña, en mis miedos, en mi escepticismo, en los horrores que veo, pero a la vez escucho el eco de esa voz que me dice: « no te olvides de vivir, con la que amas con los que quieres ».
No sé cómo será mi último día, tampoco el vuestro. Pero Qohelet me, nos, recuerda que deberemos responder: ¿Valió la pena?



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