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Queridos lectores

 

 

Bruno Álvarez


28 agosto 2015

Me han llegado, en estas últimas semanas, dos correos de personas que no conozco para comentarme que mis escritos tienen alguno de pesimistas y desesperantes. Tengo para decirle a esas personas, sobre todo, dos cosas: la primera es agradecerles enormemente que empleen su tiempo para leer mi blog- con tanto buen material que anda por ahí rondando en internet-; y segundo, que se hayan tomado el trabajo de redactar un correo. ¡Qué honor! Si ustedes dispusieron de su preciado tiempo para escribirme, ¿cómo no iba a dedicar unos minutos a contestarles?

Empezaré diciendo que yo, por supuesto, no soy escritor ni mucho menos: me apasiona leer, y la escritura siempre es un subproducto de la lectura. ¿Cuántos buenos lectores hay que no escriben? Deben ser muy pocos...Pero, ¿sobre qué escribir? No tengo las competencias necesarias para escribir un cuento o una novela, y por más que me apasione, un ensayo filosófico. Esto último quizá me sea más asequible, pero la pereza siempre me gana, y eso de andar consultando bibliografía y asegurarme por completo-ya que no soy filósofo profesional- si un autor dijo tal o cual cosa, o si pensaba realmente así, prefiero escribir sobre mi propia experiencia de vida...¿Por qué? Pues porque soy humano, y muchas de las cosas que a mí me pasan también le suceden  a alguien de España, de Guatemala, o al verdulero de la esquina de mi casa. En esto de ser humanos, queridos lectores, no hay tantas diferencias los unos de los otros como solemos pensar.

He dicho, en algunos de mis escritos anteriores, que para mí la escritura es una terapia; me ayuda, en los momentos en los que estoy triste o angustiado, de liberarme, al menos por momentos, de mis angustias y obsesiones. También he mencionado que mis intentos de celebrar la vida siempre me han resultado infructuosos: ¡es que no me sale escribir cuando estoy contento! Además, ¿para qué hacerlo con la cantidad de películas y obras literarias que tienen como fin encomiar la existencia? Abundan en todas partes, y esos intentos a veces estúpidos de adornar la vida me sacan más de una sonrisa. Sin embargo, sé que a veces es necesario que así sea: la vida conlleva muchos placeres de los que podemos celebrar y disfrutar, pero ese optimismo, en ocasiones, raya en lo grotesco, pues ser pesimista es, en cierto sentido, saber que siempre está el riego de perder lo que amamos y, también, ser consciente de las desmesuradas atrocidades que comporta la existencia ¿Quién puede amar sin temblar? ¿El sabio? Puede ser, pero él también prescinde de la filosofía y de la literatura, puesto que la vida, tal como es, le basta y le sobra; por mi parte, estoy tan lejos de eso...

Sé, además, queridos lectores, que algunos de mi escritos-sino todos- son bastantes risibles. A veces los escribo de noche, con música de fondo que me hace poner más “profundo", y cuando los releeo en el trabajo al otro día se me calientan mis rebosantes cachetes de vergüenza. ¿Es que saben lo que pasa? Exponerse de la forma en lo que hago genera ese miedo al ridículo, a la burla…, no obstante estoy en una época de mi vida en que poco me importa. Además, tengo de mi lado nada más ni nada menos que a Renan, quien dice al respecto: "el temor a los tontos no debe impedirnos tratar con gravedad lo que es grave".

Pero dejando los ambages de lado, les confieso que a mí la vida me apasiona de la misma manera que me obsesiona la muerte, sobre la que jamás dejo de discurrir. Por lo tanto, mis escritores giran en torno a estas ganas de vivir, de vivir bien, lo más felizmente posible,  pero con el horizonte inexorable de la nada que, de forma asidua, me paraliza. La humanidad, queridos lectores, comulga más con el sufrimiento que con la alegría, y la gente es mucho más desgraciada de lo que uno piensa. ¿Cómo podría ornar la vida? ¡Qué desgraciada es la condición humana! ¡Qué despiadada es la naturaleza! Eso impide, incluso, odiar un poco menos y entender un poco más. Es un paso hacia el amor. Es, también, un paso hacia la sabiduría.

Justamente ayer leí que una mujer una vez dijo, sobre Emil Cioran, que él  suele decir las cosas que todo el mundo se repite por lo bajo. ¡Qué frase más apropiada para mí! Pero que no se malinterprete como que me estoy comparando con el filósofo rumano. Sólo que esa frase lo dice todo de mis escritos, ya sean éstos buenos o malos: me gusta hablar abiertamente sobre aquellas cuestiones que todos tememos decir, que a todos nos atormentan, en pocas palabras, que a todos nos conciernen. ¿Cómo no hablar de la muerte si la llevamos en nosotros como una bomba que puede explotar en cualquier momento desde que nacemos? ¿Cómo no hablar de la vida si es todo lo que tenemos y cualquier cosa que hagamos la supone? Estoy mucho más interesando en aprender a vivir que en convertirme en un erudito de cualquier disciplina. Incluso, siento pena por esos académicos-filósofos que entienden poco y nada del arte de vivir y los cuales esbozan mohines despectivos cuando se relaciona a la filosofía con la felicidad. ¡Cómo se reiría Epicuro de nuestros intelectuales!

Me voy despidiendo, queridos lectores, agradeciéndoles  una vez más. Ya saben que, cuando ustedes lo deseen, son más que bienvenidos a mi modesto, pero también personal, blog. Y les doy mi palabra que, el día que escriba algo alegre, serán los primeros en saberlo.

 

 

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