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El sinsentido de la vida

 

 

Bruno Álvarez


29 abril 2015

Creo que aceptar que la vida no tiene sentido es una de las cuestiones más difíciles de afrontar para los humanos. 
Cuando hablo de sinsentido, me refiero a que la existencia carece totalmente de sentido intrínseco, más allá de la heterogeneidad de significados que los hombres le atribuimos a menudo Cada una de nuestras mediocres e irrisorias existencias son tan fútiles, tan fugases como la vida misma. El Eclesiastés, el libro existencialista de la Biblia -también llamado epicúreo-, es el que mejor lo ilustra: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Es decir, todo es vacuo, insustancial, incluso la alegría, incluso el amor. La muerte es más fuerte. Y peor para los mortales.
Somos los únicos seres en este planeta que llevamos la herida de nuestra propia mortalidad. Podemos utilizar nuestra inteligencia para construir grandes edificios, podemos llegar a la Luna, podemos escudriñar el universo con colosales telescopios, pero la razón está enferma, venía a decir Unamuno, porque sabe que ahora existe y dejará de existir, que el mundo seguirá con su funcionamiento inherente y él no será nada. ¡Y cuando se acabe nuestra vida también se acabará el mundo para nosotros! Vanidad, de vanidades….
¿Tragedia? Por supuesto. Somos amantes de cadáveres (lo que se conoce como la experiencia de duelo) y de futuros cadáveres, y todo amor es duelo y pavor. ¿Alegría? Primero y sobre todo alegría. Pero todo hombre lúcido no se hace demasiado ilusiones. El amor, el sentimiento más sublime del cosmos, está condenado al miedo, al fracaso, a la nada… ¿Quién puede amar sin temor? El amor forma parte de la fragilidad de la vida, lo que quita razón al Cantar de los Cantares cuando pregona que el amor es tan fuerte como la muerte.
Hay que aceptar la verdad siempre, y peor si ésta duele. Es lo que distingue a la filosofía de la sofistica, a la filosofía de la religión. Más vale una tristeza lúcida que una falsa alegría. Nacemos solos, morimos solos. Sólo terminamos de aburrirnos para tener miedo. Solo tenemos hijos para amarlos, es verdad, pero éstos morirán, éstos sufrirán, y todos esos sentidos provisorios, todas esas pequeñas ilusiones y esos grandes amores, terminarán siendo engullidos cuando la humanidad se acabe, padeciendo el mismo destino que las obras de Shakespeare, que las sinfonías de Mozart, que…Dejémoslo ahí. Hasta nuestro universo –que no está preocupado en absoluto de nuestra felicidad- se extinguirá tarde o temprano, y no habrá luz, ni calor, ni vida, ni…sentido.
Como mortales y amantes de mortales, tenemos la difícil tarea de aceptar la vida tal y como es, aunque sea con desesperación (en todo hombre lúcido convive la alegría y la desesperación). Sin embargo, la muerte eterna jamás podrá impedir que estemos vivos ni que hayamos vividos, y juntos, aun con nuestras penas y nuestro corazón cargado de heridas, podemos gritar con el poeta Lautréamont: “No conozco otra gracia que haber nacido…”

 

 

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