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La sangre sacrificial

 

John Spong


 

20 abril 2015

El principal mantra cristiano de nuestros himnos, oraciones y sermones es que “Jesús murió por mis pecados”. Proviene de una concepción de lo humano como naturaleza caída o como corrompida por un “pecado original”. Durante siglos, ha llevado a atribuir a “la sangre de Jesús” un poder sanador o purificador. Los himnos protestantes tradicionales incluyen un subgénero al que podríamos llamar “himnos de sangre”, con títulos como “Lavado en la sangre”, “Salvado por la sangre” y “Hay una fuente llena de sangre”. Esta mentalidad se manifiesta también en himnos tan populares como el de “Gracia admirable”, en el que lo admirable de la gracia es que “salvó a un miserable como yo”; o como “vieja y áspera cruz”, cuya letra dice que la sangre de Jesús se derramó “por un mundo de pecadores, perdidos como yo”. El culto católico cambia el acento pero no desaparece la constante. Su liturgia sugiere que los “lava” interiormente tomar el vino del cáliz, milagrosamente transformado, por el ministro ordenado, en la “sangre purificadora de Jesús”. Los católicos tienden a pensar en la pureza interior y los protestantes en la exterior.

Este lenguaje y estas prácticas derivan del Día de la Expiación judío, el Yom Kipur. Sin embargo, esta evolución tiene que ver, además de con la práctica judía, con la mala interpretación posterior no ajena a la influencia de los ritos iniciáticos de otras religiones. Nosotros, en esta columna, trataremos de entender la práctica judía de Yom Kipur. En próximas semanas, explicaremos cómo la expiación llegó a distorsionarse tanto. Creo que la posibilidad de que haya Cristianismo en el futuro depende de que desaparezca la “teología de la expiación”, tal como se suele entender aún hoy. Parte de lo que voy a decir en esta y en las próximas columnas a lo dije en la reciente mini-serie sobre el símbolo del “cordero”. Sean pacientes conmigo una vez más.
En el año litúrgico de los judíos, Yom Kipur solo ocupaba un día. Era un día de penitencia, y se celebraba con una asamblea solemne. Alguna vez se le llamó “el Sábado de los Sábados”, pues en dicho día no se trabajaba nada y la liturgia de la sinagoga duraba veinticuatro horas. Aunque solo era de un día la fiesta, había a su alrededor algo penitencial parecido a la cuaresma. Antes he llamado a esta fiesta “la Cuaresma instantánea” pero la intensidad del día sobrepasaba la de cualquier cuaresma cristiana.

Yom Kipur se describe en los capítulos 16-23 del Levítico. Se celebraba el día 10 del mes séptimo y se caracterizaba por el sacrificio de animales. El Levítico menciona un toro y dos machos cabríos pero, con el paso de los siglos, tras la destrucción del Templo de Jerusalén por los babilonios en el siglo VI aC., los animales cambiaron, y luego, tras la destrucción por los romanos en el año 70 dC., el sacrificio de animales cesó. El toro desapareció el primero de esta liturgia, y los dos machos cabríos pasaron a ser un cordero que se sacrificaba y un macho cabrío al que le correspondía el papel de “portador de los pecados”. La expiación, que literalmente significaba unión del hombre con Dios (*), significó, para los judíos, algo muy distinto de lo que más tarde significaría en el cristianismo, ya gentil. Los judíos no pensaban en una naturaleza humana caída, ni veían en la historia de Adán y Eva en el Edén la descripción de cómo los humanos pervirtieron la perfección de la creación de Dios comiendo el fruto prohibido, con lo que habrían hundido al mundo en lo que vino a llamarse el estado de destierro y de “pecado original”. Esta idea se fraguó en el siglo IV, cuando se definieron los credos.


La idea cristiana de “expiación” surgió, principalmente, bajo la influencia de san Agustín, obispo de Hipona, una ciudad del Norte de África. Si leemos sus Confesiones, que es un clásico del cristianismo, percibimos lo profundo que caló el sentido de la culpa en este hombre; culpa asociada, frecuentemente, a sus sentimientos con respecto a la sexualidad. La idea de culpa caló en toda la teología de san Agustín. Hoy, en mi opinión, esta teología de la expiación, lastrada por la culpa, amenaza con destruir la fe cristiana.

El cristianismo post-agustiniano se recreó en el discurso sobre el pecado y la culpa se convirtió en moneda de cambio. La salvación se convirtió en una victoria sobre la culpa. Se nos tendió a enseñar, como presupuesto teológico, que todo ser humano nacía bajo el “pecado” y, por tanto, su destino era la condenación a menos que el “pecado original” se venciese. Dentro de esta idea, había que explicar la crucifixión: Jesús nos salva al recibir él el castigo merecido por nosotros, un castigo que Dios, presumiblemente, era quien lo exigía. Aunque los culpables éramos usted y yo, Dios decidía castigar a Jesús en nuestro lugar. Esta teología llegó hasta el punto de enseñar que los recién nacidos que morían sin el bautismo no solo estaban irremediablemente perdidos sino que su destino era el infierno. Una creencia tan cruel y carente de amor rebasó el límite aceptable y, con el tiempo, dio paso a la creencia en un espacio intermedio, llamada “Limbo”, donde iban a parar los niños que morían sin bautizar. Se verían privados del cielo y de la visión beatífica pero habitarían en el Limbo, junto a paganos tan ilustres como Platón y Aristóteles, y evitarían las llamas del infierno.

Sin embargo, esta mentalidad culpabilizadora no tenía relación con la expiación y el Yom Kipur judíos. Los judíos tenían un ideal relativo al “para qué” de la vida humana, y ese ideal lo comparaban con lo que experimentaban que era su vida. No querían que nadie olvidase que cada uno de nosotros podía ser realmente más de lo que es. Por tanto, Yom Kipur era su forma litúrgica de recordar quiénes eran en lo más profundo. Se despertaba (o se renovaba) ese recuerdo mediante el simbolismo de los sacrificios. Los animales elegidos de entre los rebaños para el sacrificio de Yom Kipur tenían que ser físicamente perfectos; no podían tener cicatrices, ni marcas ni huesos rotos. Si habían de simbolizar la perfección a la que aspiran los seres humanos, tenían que reflejar físicamente tal perfección. Con el tiempo, también se les consideró moralmente perfectos a estos animales. El razonamiento venía a ser: como los animales viven por debajo del nivel humano de libertad, no pueden elegir el mal; así que los animales que había que sacrificar en Yom Kipur representaban el anhelo humano de perfección física y moral.

Cuando los evangelios se escribieron, ya existían intentos de asociar el significado de la muerte de Jesús con los animales sacrificiales de Yom Kipur. Esta relación, la introdujo primero Pablo en la Carta Ia a los Corintios, escrita en torno al año 54. “Él murió por nuestros pecados, según las escrituras”, se dice en Ia Cor 15, 3. El sacrificio asociado a Yom Kipur era la única acción simbólica de la liturgia judía en la que se decía que alguien o algo moría “por nuestros pecados”. Así, en aquel tiempo, o al menos para Pablo, Jesús estaba conectado con la liturgia de Yom Kipur. Marcos, que redactó el primer evangelio en torno al año 72, reforzó este conexión al decir que Jesús “dio su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45). La palabra “rescate” también estaba vinculada directamente al Yom Kipur. Cuando, en el cuarto evangelio, Juan el Bautista dice de Jesús al verlo por primera vez: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), la identidad entre Jesús y el animal sacrificial de Yom Kipur estaba ya definitivamente establecida.

En la liturgia de Yom Kipur, se mataba el cordero y se le extraía la sangre. Luego, el sumo sacerdote, provisto con la sangre del “cordero de Yahvé”, y tras minuciosos rituales de purificación, entraba en el Sancta Sanctorum, es decir, la parte del Templo en la que se creía que habitaba Dios. Una vez dentro, derramaba la sangre sobre la “sede de la Misericordia”, o trono de Dios. El pueblo creía que, mediando la sangre del sacrificio perfecto entre ellos y Dios, podían, pese a su condición pecadora y aunque solo fuese por un día, ser simbólicamente admitidos a su divina presencia. Llegaban así a estar en comunión con Dios. Podían acceder a Dios a través de la sangre del cordero perfecto.

La otra parte del rito de Yom Kipur era la “liturgia del macho cabrío”. Conducido ante la asamblea solemne y ante el Sumo Sacerdote, éste, agarrándole los cuernos, empezaba a confesar los pecados del pueblo. Se creía que, al pronunciar esta confesión, los pecados, literalmente, salían del pueblo y recaían sobre la espalda del macho cabrío. Así, el pueblo quedaba limpio de pecado, al menos mientras duraba la liturgia y el animal pasaba a ser “el que carga con los pecados”. Después, el animal se presentaba ante la asamblea, que respondía con maldiciones y pidiendo su muerte. A algo tan lleno de mal, no se le podía permitir seguir vivo. Sin embargo, no se mataba al macho cabrío sino que se le conducía al desierto para que se llevase con él los pecados fuera, dejando purificado al pueblo, al menos por un día. Así pues, en Yom Kipur, el mal se expulsaba simbólicamente, y se llamaba al pueblo a recordar su origen y la perfección en la que había sido creado originalmente.

Mateo tenía que desarrollar un relato que vinculase el sentido de Yom Kipur y el recuerdo de Jesús. A continuación veremos cómo lo hizo, a medida que desarrollaba su narración sobre Jesús al ritmo del año litúrgico de la sinagoga.


N. del T. Aquí explica Spong el sentido de la expiación aludiendo a la composición de la palabra en inglés: atonement (at-one-ment), hacerse uno (con Dios). En castellano, el término no se puede explicar en estos términos. Sin embargo, podemos traducir “atonement” en este sentido literal (at-one-ment) como “sacrificio de comunión”.

 

© traducción : Asociación Marcel Légaut

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