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Antonio Aramayona

 

¿dios?

ed. catarata



11 febrero 2015

El argumento del sentimiento no es propiamente un argumento. Sin embargo, quizá sea a fin de cuentas la prueba más válida y de peso para un creyente a la hora de hablar acerca de la existencia de dios y de sus creencias personales.

No es que con ello el creyente religioso desprecie u omita los razonamientos intelectuales, pero sabe que éstos no sirven de mucho para probar o consolidar sus convicciones religiosas. De ahí que se haga fuerte en el terreno de los sentimientos, de las sensaciones personales o, como seguramente él mismo prefiere decir, de sus vivencias. Así, la prueba más sólida de su fe consiste en comunicar sus propios sentimientos: dios es un ser vivo, captable y sentido ante todo a través de las vivencias del creyente. Tiene, no obstante, un notable inconveniente: tales sentimientos no son comunicables ni mostrables a quien no los tiene. El creyente << siente>> la presencia divina, es decir, tiene una sensación o un sentimiento religioso, que le lleva a estar cierto de que dios existe. Ocurre algo parecido cuando se pone a orar: nada oye, nadie le responde, pero tiene la certidumbre de estar siendo escuchado (otra cosa es conseguir lo que pide, si es que se está pidiendo algo a su dios). Ésa es la prueba mayúscula para el creyente: él « sabe », él « siente », no necesita convencer o ser convencido racionalmente de nada.

Aunque el argumento del sentimiento no sea una prueba, probablemente desempeña un papel fundamental en la vida del creyente y en sus esquemas conceptuales, pues ningún razonamiento o concepto tiene validez real para creer en dios, si previamente no se « siente » a ese dios. De aquí la paradoja: al creyente no le hace falta que alguien le convenza intelectualmente de la existencia de dios, pues ya siente, una suerte de saber vivencial, que existe; a la vez, cree que su « sentimiento » no es una simple alucinación o una emoción meramente subjetiva, porque cree que su dios, un dios bondadoso, no quiere engañarle (Descartes llega incluso a afirmar que no puede engañar, pues sería suponer una imperfección en una realidad infinitamente perfecta).

Por el contrario, el no creyente no posee ese sentimiento. Ni siquiera sabe de qué se le está hablando. Tampoco tiene posibilidad real de acceder al mismo. para él es como si alguien le cuenta que se comunica con extraterrestres. de ahí la dificultad, casi infranqueable, de establecer sobre bases reales un diálogo sobre cuestiones religiosas entre un creyente y un no creyente.

Existe, sin embargo, una notable diferencia entre ambos: el creyente, al saberse poseedor de la Verdad, al saberse en la Verdad, al saberse escogido por el dios que siente, se cree en la obligación moral de dar a conocer a los demás su fe y su vida religiosa; el no creyente, en cambio, que por lo general bastante tiene con bracear cada día en medio de alta mar, que gusta de tomar el sol plácidamente en la arena de la playa cuando allí lo lleva el oleaje, pide sólo vivir en paz, convivir en paz, también que lo dejen en paz. Sobre todo en países y culturas marcadamente religiosos, la falta del « sentimiento » religioso se considera una merma, cuando no un delito. En otros, en cambio, el asunto se ajusta a límites más realistas: por un lado, la libertad de conciencia, de creencias y de expresión; por otro, el hecho de que en casi todos los órdenes de la vida, todo es del color del cristal con que se mira.


 

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