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La muerte

una compañera de viaje
                                

 

Bruno Álvarez



19 enero 2015

Hace unos días, un amigo me preguntó por qué comencé a interesarme en la filosofía; la pregunta fue un tanto intempestiva, pues no nos encontrábamos en el lugar adecuado para hablar de un tema tan profundo y personal. Pero a pesar de que traté de soslayar la pregunta, o, mejor dicho, respondérsela en otro momento más conveniente, la obstinación de mi amigo indujo a que terminase por contestarle con un laconismo que lo desconcertó totalmente: “La muerte.  Comencé a filosofar porque sé que algún día que me tengo morir” le dije, y mi amigo frunció el entrecejo con consternación, como si semejante disparate fuera resultado de unas copas de más. 


Recuerdo la primera vez que la muerte me impactó sobremanera.  Era el funeral de mi abuelo. Si bien mi abuela había fallecido un año antes, no me impresionó de la misma manera, pues hacía mucho tiempo que padecía de alzhéimer y su falta de lucidez comenzó cuando yo era muy chico, por lo que no puede mantener una relación “normal” de abuela-nieto, aunque estoy seguro de que ella percibía el cariño y también a su manera trasmitía el suyo; además, jamás vi su cuerpo, puesto que la velaron a cajón cerrado, lo cual fue, para mí, simplemente como una ausencia que nos venía anticipando desde hacía un tiempo sumida en su execrable padecimiento. En cambio con mi abuelo no fue así. Era un hombre que, pese a sus 93 años, tenía una lucidez extraordinaria, y pudimos disfrutarlo hasta el último momento de su existencia. Ese hombre que yo tanto quería, al cabo de unos días de internación, finiquitó  su vida en una camilla de hospital. Ese hombre que alguna vez había vivido, amado, reído, llorado, sufrido, ahora se encontraba en un  ataúd e iba a ser enterrado…¡para siempre! . ¡Qué cosa más terrible esa de tener que morir! Ver su complexión cadavérica en un cajón me causó una honda impresión, pues, por primera vez, me enfrenté cara a cara con mi propia mortalidad. “¡Yo también algún día estaré ahí!” cavilé, y  traté de tranquilizarme pensando que faltaría mucho para que llegase ese momento, pero no parecía importarme: la realidad innegable era que algún día –tarde o temprano- yo moriría; ¡y esa muerte no era transferible! Lo más aterrador de esa  cosa extraña que llamamos muerte, es que es un viaje que se hace completamente solo…


Desde ese día todo cambió para mí. Esas preguntas que a todos nos conciernen, que habían estado latentes durante tanto tiempo, se abrieron ante mí implacables, casi como una imposición: ¿por qué existimos?, ¿qué sentido tiene mi vida si ésta termina en la tumba?, ¿qué puedo esperar tras la muerte? El pensamiento me abrumó durante meses; la muerte se convirtió, para mí, es una dolorosa obsesión. Pensaba, ingenuamente, que a través de los libros podría llegar a una respuesta casi “matemática” de si Dios existía, si había vida después de la muerte, si la existencia tenía finalidad, etc. ¡Qué actitud pueril, por no decir estúpida! Después comprendí, luego de años de ofuscada lectura sobre el tema, que la filosofía nos ayuda a adentrarnos en las dudas, no a salir de ellas; a hacer preguntar más que a responder interrogantes. La muerte será siempre una perenne inquietud en mí, que no podré solventar hasta el día… ¡de mi muerte! Menuda paradoja. Y fue desde ese momento, que comenzaría progresivamente a sondear en esa  apasionante actividad que llamamos filosofía.


Si hay algo que he aprendido de la filosofía, es que no es una panacea ni una ansiolítico: nos ayuda a vivir mejor y, si es posible, a obtener mayor dicha del milagro de estar vivo; pero no nos  cura las heridas como el bálsamo que nos brinda las religiones, sino que nos ayuda a convivir con éstas, a vivir con lo inevitable. Esa es la clave de la sabiduría, el fin de la filosofía: amar la vida tal y como es; a no hacernos ilusiones sobre cosas que la vida no puede ofrecernos: ¿por qué lo real debería coincidir con los deseos que  proyectamos sobre él? Lo real, esto es, las diversas vicisitudes con que la vida se nos presenta o el “destino” al decir de los estoicos, se toma o se deja.  Albert Camus decía que la decisión más importante que hacemos cada día los mortales es la de no suicidarnos.  


Pero volvamos al tema que nos atañe. Recuerdo que por aquél entonces llegó a mis manos el Fedón de Platón, que compré una pequeña librería de Buenos Aires a un módico precio. El libro versa sobre las últimas horas de  Sócrates antes de ser ejecutado injustamente. Lo que más me impactó de aquella lectura fue el sosiego con el que Sócrates enfrentaba su propio óbito. ¡Cuánta placidez y serenidad para un momento tan aterrador! “Si logro filosofar y alcanzar la sabiduría del Maestro- recuerdo que pensé- quizás pueda soliviantar mi ansiedad ante la muerte”  Y hubo una frase – que rumié durante mucho tiempo- que Platón pone en boca de Sócrates y que no logré comprender del todo: la filosofía es una preparación para la muerte. Pero, ¿por qué habríamos de prepararnos para un acontecimiento que no sabemos cuándo se presenta? ¿O justamente por eso deberíamos estar siempre preparados, ya que, como decía Heidegger, la muerte es  inminente, debido a que siempre estamos abocados a ella? Ya lo dijo Montaigne: “Si no sabes cómo morir, no te preocupes: la naturaleza  te lo enseñará a su debido tiempo” Y fue con la lectura de este último cuando comprendí la verdadera naturaleza de la frase platónica: aprender a morir es aceptar la muerte como parte natural de vida, puesto que sin esta aceptación, no podemos vivir alegremente; aunque el filósofo de los Ensayos nos recuerda que la verdadera relevancia de la filosofía no radica en aprender a morir, sino en aprender a vivir felizmente, o lo más felizmente posible.


Por supuesto que, en todas mis elucubraciones en torno a la finitud del hombre (para Heidegger, el único animal que realmente muere es el hombre, por el motivo que es la única especie consciente de su propia finitud), me comencé a interesar por la religión, por la existencia e inexistencia de Dios, que para mí es, sin duda, la pregunta principal.  Epicuro decía que es el miedo quien ha engendrado a los dioses; pero más allá de qué o quién haya originado la creencia de las religiones en algún tipo de supervivencia post mortem, lo cierto es que ellas han tratados de explicar qué pasa con la individualidad del ser humano cuando se pierde en la muerte y su relación con el más acá, puesto que siempre la vida de ultratumba está ligada a los comportamientos que los seres humanos desempeñamos en este mundo un tanto raro que nos toca habitar.


Empezaré diciendo que, para mí,  la religión es una ilusión; pero no se asuste; esto no implica que Dios no exista o las religiones sean fraudulentas, sino que, como decía Freud, una ilusión es una creencia que deriva de los deseos humanos. ¡Y sí que la religión es una creencia en este sentido! Siéntense un rato y póngase a pensar cuáles son sus deseos más profundos; probablemente anhele ese auto que tiene su vecino, el puesto de trabajo de tal o cual compañero laboral, esa mujer que desde hace un tiempo anda detrás de ella sin que ésta capte siquiera su existencia, etc. Pero no estoy hablando de eso, sino de los deseos consustanciales que forman parte de nuestra condición humana, como los de seguir siendo después de la muerte, reencontrarnos con los seres queridos que hemos perdido y aquellos que se irán después que nosotros, ser amados para siempre, que los verdugos no tengan la última palabra sobre la víctimas, ni la injusticia sobre la justicia, que la muerte no sea más fuerte que el amor, como pregona el Cantar de los Cantares…¿Y qué nos dice la religión, sobre toda la de nuestra cultura, la cristiana? Que no moriremos del todo, ya que poseemos un alma imperecedera que no puede ser confinada por la muerte; que nos reencontraremos con todos nuestros seres queridos y compartiremos con ellos una plenitud insondable en una existencia en que no habrá llanto, ni penas, ni dolor; que seremos amados por Dios por toda la eternidad (siempre y cuando hayamos hecho las cosas como es debido); y, por último, que Dios hará justicia a todas las personas que han sido víctimas de opresión, sufrimiento, alienación, etc. Qué bello sería, ¿no? Ahora, yo me pregunto: una creencia que sintoniza de manera tan perfecta con nuestros anhelos más profundos, ¿no resulta sospechosa? ¿No habremos inventado a Dios para satisfacer esos deseos arraigados en los mortales? Yo, como ateo que soy, preferiría, por supuesto, que Dios existiese. ¿Es una razón para creer o para desconfiar de tal creencia? ¿Será que, como dijo Nietzsche, la fe salva y por lo tanto miente? Dios es demasiado lindo para ser verdad…


Ahora bien; cuando prescindí de la religión con ayuda de la filosofía, ¿qué consuelos me ofreció ésta para enfrentar la muerte? Pues ninguno, o, a lo sumo, los que me ofrecía me resultaban insignificantes, pues no correspondían –como dije anteriormente- con mis deseos más hondos. Pero como también expresé unas líneas más arriba, parte de amar la vida consiste en amarla tal cual es, y eso implica amarla con su caducidad. Sin embargo, hay  un argumento  que me resulta eficaz  en los momentos de zozobra ante mi defunción.


Epicuro, en su Carta a Meneceo, expone de forma clara el absurdo del temor a la muerte puesto que ésta no es nada, ya que cuando nosotros somos la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente nosotros no somos; además, dice el filósofo griego, la muerte no existe ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquéllos todavía no es, y éstos ya no  son.  Por lo tanto, la muerte no es más que un retorno al estado de no ser de antes del nacimiento ¿Y a quién le da miedo pensar qué era o dónde estaba hace mil años cuando todavía no había sido concebido?
Repito: este consuelo no logra aplacarme radicalmente, pues, como decía Miguel de Unamuno, todos los hombres deseamos seguir siendo después de la muerte, aunque no sepamos por qué.


Para ir finalizando, quiero remitirme a una de las novelas biográficas más lindas que se hayan escrito, y que narra la historia verídica de Morrie Schwartz, sociólogo que padece de una enfermad terminal, y que brinda a su ex alumno Mith Albom (el escritor de la obra) unas lecciones de vida conmovedoras. En un momento, el profesor le dice al alumno: “Todo el mundo sabe que se va a morir, pero nadie se lo cree…” ¿Será por eso que hay personas que la muerte nos les induce a pensar? 

 

Sabernos finitos debería ser una acicate para animarnos a pensar por nosotros mismos. Debemos vivir perennemente con el horizonte de la muerte, no para obcecarnos con ella, sino para tener siempre presente que se vive una sola vez y que la resurrección está aquí y ahora (este es el reino de los cielos). Como reza el célebre aforismo de Lucrecio, el gran poeta romano, discípulo de Epicuro: “¿Acaso no hemos ya resucitado?”  Es decir, ¿acaso no venimos de la nada y por lo tanto ya estamos resucitados? No necesitamos de ninguna escatología para que la vida sea significativa ni para disfrutar del milagro de nuestra existencia. Todo lo contrario: el hecho de saber que inexorablemente tenemos un final es una razón por demás muy poderosa para alegrarnos de existir; puesto que “pronto no existirá el tiempo presente, ni podremos recordarlo” (Lucrecio), vivamos  el presente de tal manera que podamos evocarlo mientras seamos con el mayor gozo posible, y robémosle a la muerte -por más inexpugnable que ésta sea- al menos unos años de felicidad aun creyendo que tendrá la última palabra.  El paraíso es inmanente: está aquí y ahora. 


 

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