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Amar la vida

 

 

Bruno Álvarez

 


29 octubre 2014

La sabiduría – dice Comte-Sponville - consiste en amar la vida. Y tiene razón. La sabiduría no se circunscribe a la obtención de determinados conocimientos, ni tiene que ver con aquello de lo que creemos estar seguros de saber: hay más sabiduría en el disfrute de estar vivo que en las asiduas lecturas de los grandes pensadores de nuestra historia.

En este sentido, como explicaba Sócrates, sabio es quien saber vivir y no quien posee muchos conocimientos; además-decía el Maestro de Atenas- sabio es quien sabe morir. “Muere en el momento justo” ratificaba Nietzsche, es decir, muere cuando hayas consumido tu vida; por eso, debido a que no sabemos el momento de nuestra defunción, es menester hacer significativa nuestra existencia, hacer de ésta una aventura que valga la pena ser vivida.

El hombre se sabe finito y transitorio, frágil y limitado; se ve eyectado a la realidad (lo que Haidegger denomina el “Dasein”, es decir, el ser-ahí, arrojado a la existencia) y debe decidir qué hacer con su vida. Y así transita su supervivencia, sin libretos, con la autoconsciencia de su propia mortalidad; con la soledad que conlleva ser uno mismo, propia de la existencia individual de cada persona. El hombre es separación, aunque viva en comunidad. ¿Quién podría vivir por nosotros? ¿Quién podría morir por nosotros?

Sería una pena –teniendo en cuenta el anodino tiempo de nuestro ser en el mundo- no disfrutar del milagro de estar vivo. Es cierto que la vida conlleva sus dolores y aflicciones, sus desgarramientos y sufrimientos, sus momentos de hastío, de cansancio, de sinsentido, de angustia, y, en ciertas ocasiones, podríamos considerar a la muerte como una tentación. ¿Suicidio? Por supuesto que no. Pero, ¿quién no ha experimentado una situación de sufrimiento abrumador y lo consuela saber que algún día morirá y todo ello habrá desaparecido para siempre? Cuando uno se siente desdichado, el horizonte de la muerte no se vislumbra tan aterrador.

Sin embargo, sabemos que la vida oscila entre el sufrimiento y el aburrimiento, entre el placer y la alegría, entre la dicha de estar vivo y el aplacamiento de la muerte; ¡pero ese no es motivo para no regocijarnos de la vida! Todo lo contrario: hay que aprovechar los momentos de ventura, e impugnar contra las circunstancias de adversidad.

He aquí mi veredicto sobre la vida: no se trata de amar la vida sólo en los momentos felices, sino acabaremos amando sólo la felicidad; se trata de amar la vida en los momentos de angustia y hastío. ¿Prefiero el no ser de la muerte al desgarramiento de la vida? No lo creo. Amo a la vida tal cual es, y no espero nada de ella. Prefiero existir a dejar de hacerlo. Prefiero amar a dejar de amar. Prefiero estar con amigos y familiares, a estar en un cajón bajo tierra. La fórmula es muy sencilla: prefiero estar vivo que muerto, luego, soy feliz.

Hace unos días le decía a una amiga que ella sufría porque esperaba demasiado de la vida; la esperanza y la ilusión formaban parte de la suya, y lógicamente tenía sus momentos de crisis, de angustia, de ansiedad. Traté de explicarle brevemente –a mi modo de ver las cosas -los motivos por los cuales ella sufría. Le dije que hay que distinguir entre la voluntad y la esperanza. La primera depende totalmente de nosotros; la segunda, es un deseo cuya satisfacción no depende de nosotros. Y así vamos relegando nuestra felicidad para el porvenir y nunca estamos satisfechos, a la espera que nuestra esperanza se vea colmada. Esa es la desgracia de los hombres: la esperanza frustrada. Woody Allen lo resume con un ocurrente aforismo: ¡Qué feliz sería si yo fuera feliz! Es lo que nos ha quedado de los estoicos: la pedagogía de la aceptación. O de la feliz desesperanza, como le gusta decir a Comte- Sponville.

Como prisioneros sentenciados a muerte, esperamos indefectiblemente nuestra desoladora ejecución. Que la vida entonces, sea fuente de placer y disfrute, de cariño y amistad, de amor y, sobre todo, alegría de ser, de existir.


 

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