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El día que descubrí

a Jesús de Nazaret

 

 

Bruno Álvarez

 

 

30 julio 2014

Así quise titular este escrito, aunque en realidad no sepa el día exacto en que descubrí a Jesús; sé que acaeció hace unos 4 o 5 años atrás, cuando tendría 19 o 20 años de edad.
Cuando hago referencia a "descubrir a Jesús" no me refiero a que no sabía nada sobre él (fui a un colegio católico de asiduas misas y clases catequísticas), sino a embarcarme en la apasionante búsqueda del personaje histórico que vivió en la Palestina del primer siglo. Y tengo que admitir, con cierta tribulación, que muchas de las cuestiones que me aleccionaron en el colegio sobre Jesús, estaban cargadas del fundamentalismo más aversivo y, en muchas ocasiones, muy alejadas de la enseñanza del maestro de Nazaret.

No tardaron en adoctrinarme que Jesús fue el Hijo de Dios, que preexistía desde antes que éste creara el cosmos de la nada, que por obra del Espíritu Santo nació de una madre virgen, llevó a cabo milagros y prodigios, y por último, con plena consciencia de ello, se entregó al suplicio de la cruz en busca de redimirnos de nuestras pecados; es decir: me explicaron que Jesús sabía que era Dios encarnado, y debido a que estábamos en falta con su Padre por nuestra condición pecadora, se ofreció como sacrificio expiatorio de manera que pudiésemos volver a entablar una relación apropiada con él, que se había roto en el momento que nuestros antepasados habían infringido sus directrices. Sí, sé que suena realmente espantoso, pero por increíble que parezca, estas cosas se siguen instruyendo en muchos colegios cristianos y en diversos grupos religiosos. Ay Jesús, si supieran las cosas que dicen sobre vos y tu Padre, ¿qué pensarías? Probablemente te azoraría que el semblante de un Dios bondadoso y amoroso como el que pregonaste, pueda llevar a cabo un acto tan monstruoso y repugnante como el de derramar tu sangre inocente para poder indultarnos. Pero no te preocupes, de Dios se han dicho tantas cosas abyectas (¡incluso se sigue matando en su nombre!); lo importante es lo que vos mismo pensaste y dijiste sobre Dios; lo relevante es la buena noticia de Dios que proclamaste, ese Misterio al cual le diste nombre de Padre de todos los seres humanos.

Gracias a Dios, los agnósticos y ateos hemos contribuido a purificar el Evangelio. Fue a partir de la Ilustración cuando se comenzaron a poner en duda los hechos narrados en los Evangelios, en donde proliferaban los acontecimientos extraordinarios y los milagros eran moneda corriente. Pero luego de que la exégesis soplara el polvo que se había acumulado durante tanto tiempo en los evangelios- que se escribieron en otro tiempo y lugar y con una visión heterónoma del mundo- y pretendiese encontrar el significado de los textos detrás la lectura literal de los mismos, Jesús de Nazaret resurgió con una fuerza arrolladora y un poder de fascinación que deja estupefactos a los entendidos de la historia , al punto de ser quizá, la figura más estudiada y admirada que ha dado la humanidad. Ya lo han dicho teólogos como José Antonio Pagola: Jesús no es propiedad de los cristianos, es patrimonio de la humanidad. Su mensaje sigue siendo una buena noticia para los hombres y mujeres de hoy, seamos creyentes o no creyentes. Es que la vida y el mensaje de Jesús seguirían valiendo la pena aún cuando la muerte sea el fin del ser humano y estuviésemos inexorablemente destinados a la nada infinita.

¿Cuál es la buena noticia que introdujo Jesús en la historia de la humanidad, y más precisamente, en mi vida? La quiero resumir muy breve y sencillamente.

Jesús me enseñó que lo importante de la vida no es si creemos en una deidad o cumplimos rigurosamente los ritos y preceptos que prescriben las religiones, sino que a Dios se le busca y se le encuentra en el prójimo, sobre todo en el necesitado; en ese ser humano que sufre, que no come y no lleva una existencia digna que le permita ser feliz y disfrutar del milagro de estar vivo.

Jesús me enseñó que la verdadera grandeza de la vida consiste en erradicar todas aquellas barreras que causan exclusión, discriminación y sufrimiento; que hay que construir puentes que nos permitan acercarnos a los últimos, a los débiles, a los vulnerables, a los que nadie defiende y de los que nos avergonzamos de su compañía.

Jesús me enseñó que aquellas personas que ven aplastada su dignidad día a día son los más bienaventuradas en el Reino de Dios; no porque su condición sea buena en si misma, sino debido a lo contrario: su situación los hace merecedores del amor de Dios, que no quiere otra cosa que la felicidad de sus hijos e hijas en esta vida.

Jesús me enseñó que al misterio de Dios lo hallamos en la fragilidad y en la miseria humana; que es allí precisamente donde radica el Dios de los últimos y al que alcanzamos sólo con la entrega solidaria hacia el prójimo, entrega que sobrepasa a los humanos y llega hasta el mismo Dios. "En verdad os digo que cuando lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo".

Y Jesús me enseñó, sobre todo, que la filantropía es la forma más excelsa y decorosa de transitar esta existencia frágil y limitada.

Por último, no le agradezco a Jesús que haya muerto por mis pecados, sino el hecho de entregarse hasta el final defendiendo a los últimos y a los pobres como siempre lo hizo, aunque le haya valido ultimar la aventura de tu vida de un modo tan ruin e ignominioso.

Luego de escribir todo esto, no puedo más que comprobar tristemente lo alejado que estoy de Jesús y de su proyecto del Reino de Dios; pero más triste es saber que gran parte de la Iglesia, que se hace llamar seguidora de Jesús, esté igual o más alejada que yo...

 

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Soy Bruno Álvarez, tengo 24 años, y soy Analista en Relaciones Humanas. Actualmente estoy cursando el último año de la licenciatura de dicha carrera.
Soy un gran aficionado a la filosofía y teología; decanto por las filosofías existencialistas - tanto ateas como creyentes - a las cuales procuro compaginar y compendiar en las vertientes filosóficas que se enfocan en la existencia concreta del hombre, no del hombre como concepto universal, sino de ese ser particular frente a su propia vida y a su propia muerte.

 


 

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