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Sebastian Castelio

 

 

Julian Mellado Hernández

 

 

3 de noviembre de 2011

De vez en cuando es bueno recordar a nuestros hermanos y hermanas que nos precedieron en la fe. Personas que aportaron algo para la generación propia y para las venideras. Nosotros no inventamos el cristianismo. Tiene ya 20 siglos. A lo largo de los mismos se han dado diferentes expresiones sobre la fe en Cristo. Cada una de esas expresiones llevaba las características del tiempo en que vivían. Cuando leemos la historia de esa fe y sus protagonistas, buscamos algo que pueda ayudarnos en nuestro propio tiempo. Porque hay verdades que trascienden la época en la que se dijeron. Especialmente cuando esas ideas surgen de la meditación del evangelio. Para los Protestantes una de esas épocas más importantes fue el siglo XVI cuando surgieron Las Reformas del cristianismo. Muchos de aquellos protagonistas son más o menos conocidos, como Lutero. Pero hubieron otros que aportaron una visión profunda de la fe y que hoy suelen estar olvidados. Hay uno de esos personajes, que personalmente ha inspirado mi vida. Un hombre con un amor inquebrantable a Dios y que estaba preocupado por algunos matices que estaba tomando La Reforma oficial. Especialmente cuando los Reformadores como Lutero y Calvino se apoyaron sobre la autoridad civil para imponer su interpretación del cristianismo. No sólo fue la iglesia católica la que manifestó una inquisitorial intolerancia, también en las filas del protestantismo se empezaba a dar. Pero hubo voces que protestaron contra ese nuevo dogmatismo, esa violencia contra las personas que pensaban de manera diferentes. Una de esas voces, que arriesgó su vida por defender la libertad de conciencia fue Sebastian Castelio. (1515-1563) Nacido en Francia en una familia pobre, se fue abriendo camino hasta realizar estudios superiores y fue profesor de las lenguas bíblicas.

 

LLegó a ser un erudito reconocido. Castelio veía que la fe era sobretodo seguir en la vida a Cristo. Aceptar sus enseñanzas. Además pensaba que era muy difícil llegar a un consenso en todos los detalles de doctrina, por lo que proclamó que lo único que podía unir a los creyentes era el amor de Cristo aunque se tuvieran ideas diferentes. Fue el primer divulgador de la tolerancia religiosa y de pensamiento. Su cristianismo era racional, universal y humanista. Fue un traductor de las Escrituras, y un gran erudito de las ciencias bíblicas. Hombre de gran compasión, se levantó contra la quema de Miguel Servet. Denunció a las autoridades de Ginebra y a Calvino quien colaboró para que ejecutaran al español, alegando que si Servet era un hereje, había que ayudarlo, dialogar y no asesinarlo. Escribió esta famosa frase: "Matar a un hombre para defender una doctrina, no es defender una doctrina, solamente es matar a un hombre". Por ello fue perseguido a su vez por las autoridades de Ginebra. El quería un cristianismo donde existiera la libertad de conciencia. Una libertad para examinar, evaluar y sacar las propias conclusiones. Pensaba que la tolerancia era una virtud cristiana enseñada por el mismo Jesús de Nazaret. Además se adelantó a su tiempo, cuando escribió un libro titulado: "El arte de dudar y de creer, de ignorar y de saber". Castelio enseña que el dudar no es malo, es una manera de interrogar, las cosas que no están claras. Luego nos dice que hay cosas que sí podemos creer, confiar (especialmente el evangelio de Jesús). Otras es mejor ignorar, porque nuestras facultades humanas son limitadas y se requiere una gran humildad para reconocerlo. Por último, Castelio nos invita a saber, a estudiar, a utilizar ese regalo de Dios que es la razón. Pero esto lo escribió en un tiempo donde el dudar era considerado pecado, donde la autoridad decía qué debías creer, donde se especulaba más allá de lo humano, y donde el saber estaba restringido a una clase especial.

Castelio quería que todo el pueblo tuviera acceso a la educación, a la fe libre y a la dignidad. Que ninguna jerarquía religiosa o civil tuviese dominio sobre las conciencias. Que en materia religiosa había que utilizar el diálogo, el debate respetuoso y nunca usar la violencia de cualquier tipo. Estaba convencido que la verdad de Jesús se bastaba a sí misma para convencer a los hombres de buena voluntad. No había que adornar esa verdad con supersticiones ni amenazas. Fue amigo de los anabaptistas, a quienes defendió cuando fueron perseguidos. Tenía un profundo respeto por sus adversarios teológicos. Por estas ideas fue perseguido, y murió agotado de tanto huir de ciudad en ciudad, con su familia a cuesta y buscándose la manera de sobrevivir. No podemos olvidar a este gran hombre, a este cristiano compasivo, porque la intolerancia, el dogmatismo y la violencia ( que puede ser verbal) también existen hoy. Hay quien piensa que ser cristiano es ser una persona de "fe ciega", que debe oponerse a la ciencia o a todo pensamiento diferente sin examinar si hay algo de verdad en esas ideas. Que todo se reduce en aceptar unos dogmas. El legado de Castelio es el de una fe que sabe discernir, que investiga la verdad, que tiene como fundamento la compasión y sobre todo que tiene como Maestro y Señor a Jesús de Nazaret, el amor encarnado. Bueno, ya conocéis a alguien más de aquel siglo tan interesante, alguien que personalmente quise hacer mi contemporáneo.

 

 

 



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