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La angustia

 

 

 Bruno Álvarez

 

 

 

12 junio 2014

La vida es dura. Muy dura. Pero tienes que seguir. No importa lo que pase, no importa el dolor que sientas, algún día se irá; o quizá no, pero de todos modos tienes que seguir.

Sal a caminar a la calle mientras escuchas una canción que te gusta. Respira la fragancia del insondable misterio de la existencia. Siente la angustia, y repara en ella; no la evites, enfréntala y deja que pase, que se amalgame en tu ser por un tiempo.

Ríe, aunque por dentro llores. Canta, y si tocas la guitarra, ejecuta acordes que te levanten el ánimo (el modo eólico no es lo más recomendable). Llora todo lo que puedas, levanta la mirada y descárgate con Dios, aunque no creas en él. Sufre, sufre todo lo que puedas, ahora es el momento; mañana estarás bien, aunque sea un momento estarás bien.

Observa a tu mascota y envídiala; ella no es consciente del sin sabor de la vida. Y si no tienes una, acaricia a algún animal de la calle. Quédate atisbándolo un momento y desea ser él por un instante (en algún que otro periquete querrás nuevamente ser un humano).

Mira una película que te guste, o un texto que te conmueva. Sentirás aún más angustia, pero no importa: nadie dijo que no podamos experimentarla. Descubre la angustia que subyace en el arte, el ansia de inmortalidad y de perpetuidad que se esconde detrás de cada expresión artística.

Si no estás enamorado, recuerda cuando lo estabas; evoca aquellos momentos en que sentiste que ese instante era eterno y no querías que acabara nunca y puedo asegurarte que sentirás aún mayor aflicción, pero habrá valido la pena. Si lo estás, percibe la angustia y el dolor que conlleva amar vigorosamente a alguien; luego besa a tu pareja –en caso de tenerla- para mitigar esa angustia.

Si te angustia saberte finito, allí no hay remedio ni socorro al que puedas recurrir; solo sé mientas seas, y quédate con el consuelo que, paradójicamente, la angustia se acaba cuando llegue finalmente el momento por el que sientes esa angustia.

Experimenta la Esperanza. Siéntela en tu pecho. Es ella la que emprende la pugna belicosa contra la angustia, la que te da unas palmaditas en la espalda empujándote a seguir más allá de tu desconsuelo. Pídela a quién sea; no importa si es una deidad, un santo, un familiar fallecido o a vos mismo. Sé que puedes, sé que puedes vivir con Esperanza frente a la angustia; sé que puedas levantar la cabeza, maldecir la existencia, desvelarte durante noches enteras y aún así, decir con aire altivo: acá estoy, viviendo, sufriendo, riendo, llorando, siendo frente a la angustia; siendo frente y para la muerte.

Si logras ser feliz frente a la angustia que supone la existencia, serás el ser más sublime de todo el cosmos; ya no padecerás la exigüidad de tu existencia ante la vastedad del universo y sentirás que éste, en su inescrutable y grandioso misterio, se somete a la aquiescencia de una consciencia que, pese a los vigorosos azotes que vapulean nuestra vida, puede sobreponerse y experimentar la ventura que impugna la inherente angustia de la existencia.

 

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