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La experiencia religiosa

desde el agnosticismo

 

 

Bruno Álvarez

 

 

12 mayo 2014

A primera vista, el título de escrito puede parecer contradictorio. ¿Cómo podría una persona que considera imposible pronunciarse sobre la existencia o inexistencia de Dios, tener una experiencia religiosa?

Aquí voy a hablar desde mi propia experiencia...

El agnóstico es alguien que piensa que la existencia de una deidad, u otros tipos de afirmaciones religiosas, son incognoscibles, y por lo tanto, no afirma ni niega que puedan existir, a diferencia del creyente o ateo que ratifica o rechaza respectivamente.

Desde muy temprana edad, comencé a replantearme aquellas verdades "reveladas" que mi colegio católico me enseñaba, y de a poco fui relegando de mi sistema de creencias aquellas cuestiones que me resultaban implausibles, que atentaban contra mi razón y mi sentido común.

Desde esa época hasta hoy, mi razón y mi fe han estado en un lucha constante, tratando ambas de abrirse camino en un terreno belicoso, en el que bombas de información desbaratan una visión del mundo para dar lugar a otra, a veces compaginado, otras suprimiendo, pero sobre todo: pensando, dudando; pues los pilares de mi pensamiento son el escepticismo, la reticencia, la duda, la inseguridad...

Mi experiencia religiosa ha tenido y sigue teniendo sus vaivenes. En ocasiones, he experimentado que el misterio último de la existencia se encuentra en aquél Misterio original al que le hemos dado el nombre de "Dios", y ante el cual se ahogan las palabras y flaquean todas las representaciones que nos podamos hacer de él; Misterio inefable, portador de sentido y fundamento último de la esperanza ante un mundo atestado de muerte y sufrimiento. Sé muy bien, a su vez, lo que es padecer el azote del vacío existencial, el sin sabor de la nada frente a la finitud y transitoriedad con que se nos presenta la vida. Es precisamente en esta pugna entre la razón y la fe donde se manifiesta "el sentimiento trágico de la vida" al decir de Unamuno, es decir: la angustia de ser, de existir. Y esta angustia, esta preocupación frente a la muerte y la ambigüedad de la vida, frente al misterio al cual nos dirigimos inexorablemente, es lo que impele tenazmente a preguntarme sobre la posibilidad de la existencia de Dios, del destino final de nuestro "yo" detrás de la barrera de la propia mortalidad.

El hombre es por naturaleza, un ser metafísico. En esta mota de polvo, enclavada en el algún rincón de un universo insondable, hay un ser que se pregunta por el mundo, por el sentido de todo en cuanto existe; y es allí donde se manifiesta la experiencia religiosa frente a las preguntas "¿por qué? ¿para qué? ¿por qué hay algo y no más bien nada?", frente a la finalidad de una existencia con la que nos topamos al nacer. Heidegger lo llama el "Dasein", es decir, el ser-ahí, arrojado a la existencia. Y en este impulso hacia la existencia, el ser humano es el único que se hace preguntas, que sigue viviendo y procura encontrar sentido a su existencia aun sabiendo que tarde o temprano inevitablemente morirá, y en eso precisamente radica la verdadera grandeza del ser humano.

La existencia es tragedia, angustia, desesperación que nos embarga al sabernos finitos, limitados y lanzados a una existencia incierta, donde los interrogantes más hondos del ser humano no pueden ser respondidos; y en medio de tanto misterio y desolación, la religión aparece para concedernos ese Absoluto que todos buscamos en el fondo de nuestro ser como respuesta total a todas las preguntas, esa satisfacción de nuestros anhelos y deseos más profundos, arrojando luz y esperanza en la superación de un vivir en presencia de la muerte.

 

 

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