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« Sabeis que el verano está cerca »


(Marc 13,24-32)

 

Stéphane Lavignotte

 

Évangile et Liberté

février 2014

 

Traducción Julián Mellado

 

7 febrero 2014

El sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor. Las estrellas caerán del cielo y las potencias que están en los cielos serán conmovidas. He aquí las señales que, según Jesús, precederán su venida. ¿El clima se deteriora, la polución que esconde el firmamento? la crisis ecológica anunciaría el fin del mundo? Esto es lo que ocurre cuando uno se pone en el lugar de Dios. Uno cree que puede hacerse lo que se quiera con la creación, incluido destruirla, olvidándose de que nos fue confiada, como un señor confía un territorio a un gobernador: Para que se ocupe de él, hacer que fructifique y luego rendir cuentas a aquel a quien pertenece y a las generaciones futuras que Dios hará nacer. Los humanos se creen Dios cuando se autorizan a sí mismo para provocar diluvios mientras que en Génesis, fue únicamente una iniciativa divina; sin embargo Dios ha prometido de que nunca más enviará un diluvio. Así que los hombres se autorizan a sí mismo lo que Dios no se permite. Se creen Dios cuando creen poder provocar el final de la partida tomando el lugar que le corresponde a Dios.

Pero se equivocan profundamente. El fin de los tiempos que anuncia la Biblia no es una catástrofe. Desde el mesianismo judío hasta la vuelta anunciada de Jesús, la idea es positiva: se trata de la llegada de un Reino de justicia, sin violencia, donde el lobo y el cordero dormirán juntos. No es la destrucción del planeta sino la reconciliación de la creación consigo misma y por tanto también con la humanidad. Así que, cuando los humanos destruimosla biosfera, no estamos acelerando el fin de los tiempos, más bien nos destruimos a nosotros mismos destruyendo el medio ambiente. En realidad no podemos hacer nada para acelerar la venida del Reino, la vuelta de Jesús. Podemos en todo caso provocar el fin de un mundo. No el fin del mundo.

¿Podríamos intentar lo contrario? Es decir, no destruir la creación y así acercarnos a lo que es el Reino? Sabemos lo que no hay que hacer : No creernos Dios, y no despreciar su creación. ¿Pero qué es lo que podemos hacer en realidad ? Jesús nos invita a que consideremos a la higuera : « Cuando ya su rama está tierna y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca », y por lo tanto el Hijo del hombre también. ¿Pero qué sentido tiene la palabra cerca? Podría ocurrir mañana, sólo Dios lo sabe. Pero podemos encontrar otro significado a esa cercanía y esta vez depende de nosotros: qué podríamos realizar para que nuestras vidas estén más cerca de ese mundo reconciliado del Reino? Podríamos decir de no hacerse ricos y poderosos sino más bien tiernos como una higuera. No perseverando en formas de vida destructoras sino ser capaces de dejarse renovar, de morir regularmente para renacer tal y como lo hace la naturaleza en las diferentes estaciones del año. Escudriñar las higueras de este mundo para dejarse conmover por la ternura de sus ramas y el verdor de sus hojas. Observar las estrellas, el sol y la luna, de tal manera que podamos deducir si siguen en el mismo sitio que ayer. Si mañana una estrella cambiase de lugar, ¿seríamos capaces de darnos cuenta a pesar de las luces de la ciudad que nos impiden ver?

Prepararse para el Reino, es ser cercano a él, y no se trata de querer mudarse y poner todo patas arriba, como pensaban las grandes utopías mesiánico-sociales. Hablamos de allanar los caminos para aquel que llega, y no precisamente con una apisonadora. Debemos aprender a mirar e interpretar nuestro mundo para encontrar las señales de Dios, y luego comprometerse a vivir esas señales de la primavera que nos renueva con una nueva savia. No el fin del mundo, sino el de un mundo, y el nacimiento de otro nuevo. Es nuestra responsabilidad ir creando en el día a día ese mundo más cercano a la creación y por lo tanto del Hijo del hombre.

 

 

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