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La espalda de Dios

 

 

John Shelby Spong

 

estracto del libro: Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo.

(Editorial Abya Yala)

 

16 enero 2014

En ese momento de las deliberaciones entre Dios y Moisés, tal vez en deferencia a la noble talla de Moisés, se dice que Dios le propuso un acuerdo: si Moisés se cubría los ojos, Dios pasaría delante de él; y entonces, mientras Dios daba la vuelta a la montaña, Moisés podría abrir los ojos y momentáneamente ver la parte de atrás ( o la parte oculta) de Dios, como lo expresa una delas traducciones. Versiones posteriores de la Biblia utilizaron términos más vulgares de la « parte trasera » o la « espalda de Dios ».

Creo que nunca en mi vida he oído un sermón sobre este texto concreto. Sospecho que no sería muy difícil para un predicador provocar risas de la congregación con referencias a la « parte trasera » divina. Sin embargo, por debajo de esa divertida literalidad, el autor antiguo señalaba algo mucho más profundo de lo que nuestras mentes literales podrían imaginar: él afirmaba la experiencia humana común de hombres y mujeres que nunca pueden ver quién es Dios, sino sólo el lugar por donde ha estado. Vemos los rastros de Dios. Visualizamos y experimentamos los efectos de Dios, no el ser de Dios. Jamás vemos a Dios como un ser desencarnado o separado.

Comprender esta simple realidad equivale a presenciar el desmoronamiento de todo el trabajo teológico teísta que se tambalea bajo el peso de su propia irrelevancia. También es reconocer que todos aquellos estantes de bibliotecas repletos de pesados volúmenes teológicos en grandes centros académicos, cuyas páginas intentan explicar a Dios, tienen que ser reconocidos ahora como grandes monumentos al ego humano. No defiendo en ningún momento que Dios no sea verdadero. Al contrario, la realidad de la experiencia de Dios me sobrepasa, cada día de mi vida. Afirmo sólo que no hay palabra humanas, ni fórmulas, ni ningún sistema religioso capaz de capturar esa realidad. Alegar que alguien, en algún momento, lo haya hecho es idolátrico.

Los seres humanos pueden abordar a Dios sólo por analogía humana. Sólo podemos hablar de Dios con palabras humanas. No tenemos otras. Pero estamos obligados a reconocer que el lenguaje antropomórfico que poseemos siempre distorsiona.



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