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¿Jesús es Dios?

 

André Gounelle

 

Évangile et Liberté

août-septembre 2013

 

 

 

24 septiembre 2013

A esta pregunta, por mi parte, contesto : « No ». Creo que Dios se hace presente y actúa en Jesús de Nazaret, y que me encuentra y me haba a través de él, pero no que Jesús sea Dios. Si, para mí, existe lo divino en Jesús, no significa que él mismo sea divino; él es unicamente (aunque de manera ejemplar) humano. Muchos estiman que esta convicción va en contra de la enseñanza evangélica y en contra de la doctrina generalmente admitida por los cristianos. pero esta objeción no me parece bien fundada; en mi sentir, tanto el Nuevo testamento como los grandes Concilios son mucho mas complejos, con matices e indecisos acerca de este punto, que lo que corrientemente se piensa.

El otro y lo íntimo

Encontramos en el Nuevo testamento dos clases de afirmaciones. La primera supone una estrecha proximidad y una unión entre Dios y Jesús, mientras que la segunda enfatiza una distancia y una diferencia entre ellos.

Por un lado Jesús dice : « Yo y el Padre somos uno » (Jn 10,30), « quien me ha visto, ha visto al Padre » (Jn 14,9), « el Padre está en mí » (Jn 10,38). Por otro lado afirma : « El que cree en mí, no cree en mí sino en aquel que me envió » (Jn 12,44), « el Padre es mayor que yo » (Jn 14, 28), « ¿Por qué me llamas bueno ? Nadie es bueno, sino sólo uno, Dios » (Mc 10,18).

Jesús habla de Dios como de un ser distinto, que está por encima de él, y que le ha enviado, dándole una misión que trata de obedecer (« que tu voluntad sea hecha, no la mía » Lc 22,44), y al que dirige sus oraciones. De esta manera enfatiza la alteridad y la superioridad de Dios. Pero Tomás, en presencia del Resucitado, le dice « mi Señor y mi Dios » (Jn 20,28).

Podríamos sin dificultad alguna multiplicar las citas bíblicas necesitando mucho tiempo para exponer el significado de cada una de ellas. Tomadas en su conjunto, sugieren una relación entre Dios y Jesús que reune a la vez una profunda intimidad y una alteridad irreductible.

En el año 451, el Concilio de Calcedonia declaró que Cristo era « verdadero Dios y verdadero hombre » uniendo en una sola persona la naturaleza divina y la naturaleza humana « sin confusión... ni separación ». La fórmula completa, altamente compleja, con términos muy pensados, buscando un cierto equilibrio (leyéndola, se pregunta uno constantemente si cada frase no está negando la que le precede), se impuso después de conflictos violentos y oscuros debates. Habría que conocer los contextos históricos en la cual se dió y analizar las nociones que se emplearon. Seguramente no es tan absurda como parece tras una primera lectura (y a menudo tras una segunda). En todo caso me parece que acierta cuando prohibe tanto identificar como de separar a Jesús y Dios. Esta fórmula repite, en un estilo que a nuestros ojos le falta simplicidad y claridad, la idea neotestamentaria de un lazo estrecho que no suprime la diferencia.

Del Hijo de Dios a Dios el Hijo

En el mundo antiguo se conocía a los « semi-dioses » (nacidos de la unión de un dios y de una mujer o de un hombre y una diosa, por lo que eran conocidos como « hijos de Dios »), y a dioses disfrazados (como Jupiter quien tomó provisionalmente la forma humana, para seducir a una mortal). A veces aflora en el cristianismo la idea de « Dios transformado », Dios renunciando a su divinidad para convertirse en hombre, lo que resultaría de alguna manera en un « ex-Dios » o en un Dios que ha dimitido.

Estas ideas son desconocidas en el Nuevo Testamento. Cuando nombra a Jesús « hijo de Dios », estaa expresión no tiene nada en común con lo anteriormente expresado y no comporta en sí ninguna alusión directa a un nacimiento milagroso que en el evangelio de Lucas es presentado como un acto creador similar al del Génesis, y no como una inseminación divina.

Todos los seres humanos y todas las criaturas son hijos de Dios y los creyentes lo son de una manera particular : « Los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios » ( Rm 8,14) ; somos todos « hijos de Dios por la fe » (Ga 3,26). No se trata de status excepcional que nos haría salirnos de la humanidad o que añadería algo a nuestra naturaleza. En el caso de Jesús se precisa que él es «  el hijo único », indicando con esto una proximidad muy grande sin que por ello implique una asimilación con el Padre.

A lo largo de los siglos. el arte, la piedad popular, a veces la enseñanza doctrinal han mostrado tendencia a hacer de Jesús « un dios caminando por la tierra », olvidando su humanidad o reduciéndola a una mera apariencia huaman ilusoria. Se ha pasado del « Hijo de Dios » a « Dios el Hijo », que no implica que signifique lo mismo. Proclamar sin más que Jesús es Dios no me parece que se conforme al Nuevo Testamento ; además que esa declaración podría más bien traicionar la intuición y la intención del Concilio de Calcedonia.

El café con leche y el A.V.E

Lo que creo ya lo he expuesto al comienzo de este artículo: en Jesús, Dios está presente y viene a nuestro encuentro. Esta convicción, según el tetimonio del Nuevo Testamento, es compartida por la mayoría de los cristianos. Una cuestión los diferencia, los opone unos a otros e incluso los divide: ¿Cómo se articulan en la persona de Jesús lo divino y lo humano, cómo se produce esa unión? Dos tesis están enfrentadas.

Según la primera, lo que se produce es una compenetación. Intentemos una comparación algo trivial con el café con leche. Al principio, el café y la leche se encuentran en dos recipientes diferentes, uno al lado del otro. Cuando se vierten en la misma taza, se obtiene un café con leche; a partir de entonces ya no se puede volver uno atrás, no se les puede separar, o apartar el café de la leche.

De manera análoga, divinidad y humanidad, separadas y distintas al principio, se mezclan en Jesús el Cristo, volviéndose inseparables, sin que pueda existir una sin la otra. Cuando se tiene a Dios se tiene también a Jesús y cuando se tiene a Jesús también se tiene a Dios. Desde esta perspectiva, se dirá que María es « la madre de Dios ». Hablando estrictamente, María es la madre de Jesús pero puesto que Dios está donde esté Jesús, se podría perfectamente llamarla « madre de Dios ». Los cánticos de Navidad franceses se suele hablar de la cuna de Dios, de los ropages de Dios (no llegan hasta las sábana divinas que habría que cambiar, lo que perturbaría algo el impulso poético). Se declara que Dios fue crucificado y murió en el Gólgota. Se hacen oraciones y adoración a Jesús. El es Dios encarnado en un hombre.

Para la segunda tesis, divinidad y humanidad no se amalgaman, pero están atadas la una a la otra como dos coches de un tren del A.V.E. A diferencia de los trenes clásicos y sus vagones que se pueden soltar los unos de los otros, los del A.V.E resultan indisociables; desemparejarlos es imposible, siempre van juntos. En cambio son para siempre diferentes ; Si usted está en el cohe 5 o en el 6, no en los dos a la vez ; Si quiere ir al bar, deberá necesriamente atravesar otros coches, pero esos otros no serán el bar.

De la misma manera en Jesucristo, la humanidad y la divinidad están unidas la una a la otra, siendo que la primera lleva a la segunda, pero sin mezclarse ; hay cosas que pertenecen a Dios y no a Jesús ( como el conocimiento del día del fin, Mt 24,36) ; Otras pertenecen a Jesús y no a Dios (es Jesús y no Dios quien es tentado). En este caso María es considerada madre del hombre Jesús pero no de Dios ; la cuna y el ropaje son del niño Jesús, pero no de Dios ; en cuanto al Gólgota, quien muere es Jesús, no Dios. No se ora a Jesús (eso sería « jesuslatría », la idolatría del hombre Jesús), se ora a Dios en el nombre de Jesús. Jesús no es Dios, sino el hombre en quien Dios se revela.

Ante tales especulaciones teológicas, entran ganas de preguntar a los que debaten con tanta sapiencia lo que realmente saben en verdad. Un escepticismo de buen talante podría despedir las dos tesis por falta de pruebas. En cambio yo no lo haré. Me identifico con la segunda de las tesis que me parece expresa mejor que la primera esa relación de proximidad y de distancia, de intimidad y de alteridad, que creo discernir en el Nuevo testamento.

Traducción Julian Mellado

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