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La verdadera espiritualidad

 

Alfonso Pérez

                                          

15 agosto 2013

Desde los mismos inicios de la Iglesia los desvíos doctrinales se dieron en su seno. Primero fueron los judaizantes, después vendrían lo que se ha llamado la herejía colosense y que guarda algunos contactos con el gnosticismo que se desarrollaría plenamente en el siglo II. Este mismo siglo sería la época de los apologistas quienes defendían el Evangelio frente a la distorsión y acusaciones injuriosas de los paganos ilustrados y no tardaría tampoco mucho en darse las grandes controversias cristológicas.
Así ha continuado a lo largo de la historia de la Iglesia y al presente el panorama no ha cambiado en absoluto.
El otro día me escribía un amigo en relación a los llamados "cristianos mesiánicos". Su preocupación era que estos estaban teniendo cierta resonancia en el lugar en donde vivía y había peligro que arrastraran a crédulos creyentes tras ellos.
A grandes rasgos estos cristianos mesiánicos sostienen que cristianismo debe seguir ciertas ideas y prácticas judías para ser verdadero. Así deberían guardar algunas fiestas judías, circuncidarse los varones y todo creyente familiarizarse con el idioma hebreo ya que, según dicen, éste es el idioma santo, el que se hablaba en el Edén, incluso llegan a afirmar que es el idioma que Dios mismo habla. No, no es broma lo que digo.
También argumentan que el Nuevo Testamento originalmente se habría escrito en hebreo y no en griego tal y como nos ha llegado. Estos originales hebreos se habrían perdido muy al principio y algunos incluso acusan al Vaticano de tenerlos escondidos en secreto. Tampoco estoy diciendo una gracia ahora.
 
Ante tanto desatino, desviaciones, "olas del Espíritu" e "iluminados" llama la atención que la gran mayoría de aquellos que los siguen no se acerquen al personaje central de toda la Biblia, Jesús, para confrontar todo esto que les llega. Si queremos conocer la verdadera espiritualidad no debemos ir a Moisés o al último autoproclamado profeta a buscarla sino acercarnos al Mesías.
 
El tiempo, la época, la sociedad en la cual vivió Jesús estaba fuertemente sacralizada. Esto significaba que había personas, lugares, acciones y normas santas en sí mismas y por tanto se marcaba una diferencia entre ellas y el resto de personas, lugares, acciones y normas.
Jesús, judío del siglo I y a la vez Hijo de Dios, llevó precisamente una labor de desacralización. La razón esencial era que esta concepción de la vida a lo largo del tiempo había resultado en la esclavitud del ser humano, a la exclusión, a la discriminación y a la falta de compasión con el "diferente".
A la par Dios había sido tan desfigurado que ni el mismo Jesús podía reconocer a su Padre. Él venía a mostrarlo, a explicar cómo era su corazón, Él era su misma imagen encarnada.
 
En esta Palestina del siglo I el lugar santo por excelencia para los judíos era el templo y este estaba dentro de la ciudad santa que era Jerusalén. Allí se manifestaba literalmente Dios concretamente en el lugar llamado Santo de los Santos al cual entraba una vez al año el sumo sacerdote para hacer expiación por los pecados del pueblo.
Jesús, en una aparente sencilla conversación con una mujer samaritana, cambió radicalmente esta idea. El maestro le dirá que ni en el monte Gerizim, lugar santo para los samaritanos, ni en Jerusalén, la ciudad santa para los judíos, son los lugares en donde los verdaderos adoradores van para ello. De hecho no importa el lugar, lo relevante es como se haga, esto es en "espíritu y verdad".
Es cierto que en un momento dado Jesús habló de que el templo era un lugar de oración pero en otro profetizó su caída. Tanto la oración como la adoración debían provenir de un corazón restituido por la gracia.
Dios está en todas partes, no hay que ir a un determinado lugar para encontrarlo. Mucho cuidado con expresiones como "vamos al encuentro" o "vamos a entrar en la presencia de Dios" porque de nuevo volvemos a parcelarlo. Nadie puede estar fuera de la presencia de un Dios omnipresente. Tener esto presente haría que estuviéramos más pendientes de nuestras vidas.
El templo ahora pasaría a ser el propio creyente, en donde mora el Espíritu Santo.
Los rabinos decían que sólo se podía orar en la casa, en la sinagoga o en el templo. Jesús orara en el monte, en el desierto, donde le pillaba.
 
También había días sagrados... pero no para el Galileo. El sábado fue hecho por causa del hombre y no el hombre por causa del sábado. Dios no es menos Dios el martes que el sábado, el lunes que el domingo. Se puede aparentar mucha piedad un domingo y ser un verdadero sinvergüenza el viernes.
No hay por tanto tampoco acciones más santas que otras, lo que hay son malas o buenas acciones que es otra cosa.
Es tan espiritual ir el domingo a la iglesia como pasear un día después con nuestro hijo. Es anticristiano venir al culto con un corazón lleno de rencor y tremendamente espiritual tomar café con un compañero de trabajo aunque no se hable de Dios en toda la tarde.
Jesús además muere un viernes, un día como otro cualquiera, fuera de la ciudad santa, lejos del templo y como un malhechor más.
 
Tampoco para el Galileo había personas sagradas. El sumo sacerdote quedó relegado, obsoleto cuando a la muerte de Jesús el velo del templo se rompió. Ahora toda persona tenía acceso a Dios. Ya no habría más intermediarios, personas especiales, únicamente el Mesías. Los creyentes somos descritos como una nación santa compuesta de sacerdotes, todos somos iguales.
Pero es que además Jesús no pertenecía a la clase sacerdotal, era de la tribu de Judá, no de la de Leví. Tampoco era miembro de ninguna de las sectas o grupos religiosos de su tiempo. Jesús era un laico y era esto precisamente lo que quería mostrar, que Dios no distingue entre personas.
Un pastor no es más santo por ser pastor que el creyente que se sienta en el banco ni lo es por la misma razón alguien que habla hebreo o se ha circuncidado. Es más, Jesús se moverá entre las prostitutas y "pecadores".
El Reino de los Cielos es para los que se hacen como niños y son esas personas despreciadas por los "justos" los que van delante de ellos en el Reino.
 
En cuanto a las leyes y fiestas consideradas como santas en el Antiguo Testamento vemos cómo Jesús parece que se dedica a incumplirlas sistemáticamente. Toca a enfermos, leprosos, a muertos. Con esto se contaminaba ceremonialmente, pasaba a ser impuro con lo que se excluía de la comunión con Dios, no podía participar de los actos religiosos. Pero el Maestro dirá que su comunión es imposible que se corte con su Padre, que el mal no se trasmite por cumplir o no tal o cual ley de carácter externo sino que el mismo está incrustado, sale del interior del ser humano.
Se salta el día de reposo sanando y parece que lo hace a propósito. A los enfermos que restaura en ese día eran crónicos, bien podría haberse esperado al domingo, o al lunes. Jesús quería misericordia y no sacrificio.
 
Con esta forma de actuar el mensaje de Jesús era muy claro. Al ir en contra de lugares, tiempos, personas y leyes consideradas sacras lo que quería significar era que Dios era el Señor de la vida, de toda ella, y es en la misma que se mueve. No es que nada sea santo sino todo lo contrario: cada momento, pensamiento y acción tienen repercusiones temporales, aquí en la tierra, y también eternas. El ser humano al completo es un ser moral en medio de universo moral creado por Dios. Se trataba de desacralizar todo aquello que había parcelado a Dios y esclavizado al ser humano y elevar y santificar la vida.
Ser cristiano no es ser más divino o angelical, sino todo lo contrario, es ser plenamente humano. A Dios no podemos seguirlo como tal pero sí podemos hacerlo con un ser humano que encarne su voluntad. Este hombre con mayúsculas fue Jesús.
Cualquier "espiritualidad" que quiera dar a entender con su lenguaje, con sus formas, acciones o enseñanzas que existen personas que están por sobre otras, que hay lugares o tiempos especiales y que quienes así lo creen y practican son más santos es un error, una falsa doctrina, es ir en contra del mismo Hijo de Dios. Lo que hace más santo no es hablar hebreo sino el corazón de la persona, su seguimiento del Galileo, su amor al prójimo.
Lo repito, Dios es el creador de la vida, de las flores, del tiempo, de los sentimientos, de todo. Jesús vio más grandeza en los lirios del campo que en toda la riqueza del rey Salomón. Le gustaba verse rodeado de niños, disfrutaba acudiendo a un banquete de bodas, quería estar en compañía de los suyos. Sus parábolas hablaron de la vida cotidiana, del quehacer diario de cada persona y era allí, en cada momento, que Dios acontecía, estaba presente.
El abrazo a un amigo o una tarde de cine con tus hijos es tan grandioso como leer las Escrituras u orar. Si podemos abrazar, si somos capaces de disfrutar con nuestros hijos, si damos nuestro dinero para los más necesitados se debe a que la voz del Maestro de Nazaret nos ha traspasado, nos ha transformado. Como consecuencia un nuevo sentido y significado ha adquirido nuestra existencia.
Saber esto es la verdadera vida, saber apreciarlo la verdadera adoración y vivirlo, la verdadera santidad.
       

 

 

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