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La vida eterna en el más allá

 

Entre los cristianos hay quienes están convencidos que la vida prosigue después de la muerte, otros que esperan más bien una resurrección al final de los tiempos, y aún otros que piensan que no hay nada tras la muerte. Estas representaciones del « más allá » ¿son todas aceptables?

 

Gilles Castelnau

 

18 de diciembre 2012

Los profetas de Israel no prometían el paraíso ni amenazaban con un infierno eterno. Las palabras de Dios que trataban de transmitir sólo se « preocupaban de » la vida terrestre. Jesús estaba también en esa línea de pensamiento. Amenazaba con la Gehenna a aquellos que profanaban la vida de otros pero nunca pretendió que el fin de una vida pudiera ser el tener que merecer el paraíso.

Es por eso que me parece que se puede no creer en un más allá y aún así estar perfectamente en armonía con el dinamismo creador de Dios, simbolizado en el Antiguo Testamento por la Salida de Egipto y en el Nuevo Testamento por la resurrección del crucificado.

El aliento de vida que Dios hace surgir en nosotros y que resiste al pecado, en el sufrimiento y a las desgracias, nos capacita para afrontar a su vez la angustia de la muerte, sin tener que buscar un alivio en la creencia de un paraíso. El mensaje del evangelio no debe ser identificado a la fe en la resurrección de los muertos. Después de todo ni Abraham, ni Moisés, ni David, ni los profetas tuvieron la más mínima idea de ello.

Desde luego que la esperanza de la vida eterna junto a Dios está perfectamente de acuerdo con la fe en el triunfo de Dios sobre todas las fuerzas destructivas de la vida. La vida eterna tal y como el apóstol Pablo enseña, no consiste en una inmortalidad del alma que volviese de forma natural al más allá (y que según algunos podría volver a reencarnarse). Se podría comprender ese traspasar el velo que nos esconde el más allá, como un retorno a la Fuente de la vida, la experiencia de asombro al contemplar cara a cara al Dios que nos ha acompañado a lo largo de nuestra existencia. Un Paraíso quue no consiste en una inmovilidad permanente escuchando salmos sino que sería un estar unidos a Dios en su incesante creatividad cósmica. Esta predicación - que será considerada una imagen por los que no pueden creer en su realidad- tiene la ventaja de señalar el valor del ser humano a los ojos de Dios y de subrayar su trascendencia.

En cuanto a la idea del infierno, que reaparece en nuestros días bajo la influencia del islam y de una cierta predicación evangélica, diría que el Dios de Jesucristo no dejaría que a la entrada de su paraíso se estableciera en pleno funcionamiento un campo de concentración con sus miserables condenados torturados por toda la eternidad. ¡ Derribaría la puerta y liberaría a esos « condenados » como los Aliados hicieron en Auschwitz !

Aquel que crea en la vida eterna tiene razón en confiar en el poder creador de Dios quien tiene la capacidad de resucitar a los hombres y hacerlos participar de su eterno dinamismo de vida. Pero aquel que no puede creer en su propia resurrección no debe sentirse indigno de los hijos de Dios ni de los seguidores de Jesucristo. La participación aquí y ahora del dinamismo creador del Espíritu santo es ya ahora un regalo de la vida cristiana.

El teólogo Paul Tillich decía que la presencia divina nos alejaba de tres cosas :

De la incredulidad que nos hace pensar que estamos solos para afrontar nuestras angustias y nuestros sufrimientos.

De la pretensión que nos hace creer que para ser felices debemos ser superiores, los más grandes, los más jóvenes y los mas bellos, como aquellos héroes de la antiguedad, o los manequís de nuestros escaparates o quizás como los famosos de la televisión.

Del espíritu de posesión que nos hace creer que el dinero y la abundancia son los elementos centrales de nuestra felicidad. Somos conscientes que el dinero es necesario e incluso agradable, y Jesús nunca dijo lo contrario. Pero él señaló que « el hombre no sólo vivirá de pan » lo que nos lleva a recentrarnos en lo que es esencial para nuestro vivir.

El hombre cuya vida ha sido estable gracias a ese amor y a esa paz sabrá morir en el amor y la paz de Dios, sea que crea en la vida eterna o que no la crea.

Traducción Julian Mellado

 

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